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HUMAN RIGHTS WATCH | 21 abril, 2019
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En 2005, David fue obligado a detener el vehículo en el que circulaba cuando se dirigía a un partido de fútbol con algunos amigos. Dice no recordar el motivo, pero no tenía licencia.

David B. se siente más cómodo hablando inglés que español. Nació en Guanajuato, México, pero cuando tenía dos años y medio cruzó la frontera con sus padres. Se instalaron en Victoria, Texas, donde nacieron sus hermanos y su hermana, y David nunca regresó a México hasta el 22 de junio, cuando lo deportaron, a los 31 años.

“Ni siquiera sé cómo comprar algo para comer aquí”, dijo, mientras observaba la sala iluminada con faroles fluorescentes del centro de recepción de personas deportadas en Nuevo Laredo. “Tengo que regresar con mi familia”, dijo con un gesto de desazón.

Luego de graduarse de la escuela secundaria, David empezó a trabajar en la remodelación de viviendas. En 2012 contrajo matrimonio con “Katherine”, una ciudadana estadounidense, y se convirtió en un dedicado padrastro para las dos hijas de su esposa, que entonces tenían 2 y 5 años. David se convirtió en el único sostén económico de la familia, no solo para Katherine y sus hijastras, sino además para los dos niños —un varón y una niña— que tuvieron luego juntos. A medida que se ampliaba la familia, adoptaron una plácida rutina que consistía en ir a la Iglesia los domingos y luego hacer paseos por el parque o escapadas de fin de semana a Corpus Christi.

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David y su madre intentaban conseguir la residencia, y dijo que su padre ya tenía ciudadanía estadounidense.

En 2005, David fue obligado a detener el vehículo en el que circulaba cuando se dirigía a un partido de fútbol con algunos amigos. Dice no recordar el motivo. La policía descubrió que conducía sin tener licencia, y esto hizo que se diera aviso a las autoridades de inmigración.

Mientras permaneció recluido algunas semanas en un centro de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (Immigration and Customs Enforcement, ICE) en Corpus Christi, entabló vínculo con uno de los guardias, que también era de Victoria, Texas, como él. El guardia le dijo que lo pondría en libertad si su familia podía presentarse allí en el lapso de unas horas. Sin comprender bien qué estaba sucediendo, David aceptó la propuesta, firmó el documento que le proporcionaron, y se fue acompañado de sus padres.

Recapacitando, presume haber firmado un acuerdo para irse voluntariamente de EE. UU. Pero no se fue del país.

No tuvo inconvenientes, hasta una noche este verano cuando condujo con Katherine y sus dos hijos menores en busca de una nueva vivienda. Dobló en el semáforo, y ni él ni Katherine advirtieron que tenía encendidas las luces de emergencia hasta que fue obligado a detenerse por un policía de Victoria. Una vez más, el agente descubrió que estaba conduciendo sin licencia, pero esta vez supo también que las autoridades inmigratorias tenían interés en localizarlo, pues nunca recibieron notificación de que se hubiera ido voluntariamente del país, algo que jamás sucedió.

David fue enviado inmediatamente a un centro de detención privado en Houston, donde permaneció tres semanas. Su familia pudo visitarlo solamente una vez. Su hija de dos años se apoyó en el cristal que los separaba y rompió en llanto; no entendía por qué no podía tocar a su papá.

Varado en la localidad fronteriza de Nuevo Laredo luego de la deportación, David se muestra visiblemente atemorizado. “Siempre supe que yo venía de México. Pero no tengo recuerdos, y dicen que es peligroso”.

Mientras tanto, en Texas, Katherine intenta conseguir un empleo y mantener unida a la familia. “Lloramos por él a diario. El tiempo no mejora las cosas”.

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