Las fronteras compartidas: apuntes sobre las adolescencias migrantes

Casi siempre, al hablar de los adolescentes migrantes se pone énfasis en las experiencias de quienes cruzaron como indocumentados. Sin embargo, hay otros tipos de migración en sus historias. | Foto: Pixabay.
Con o sin papeles: la migración para los adolescentes migrantes implica procesos complicados que abren fronteras entre ellos y los lugares que llegan a habitar.
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Frontera debe ser una de las palabras más difíciles de definir. Hay fronteras materiales, bien definidas, sobre las que se montan muros y garitas y agentes de la CBP. Hay otras, sin embargo, que no podemos tocar pero que presentimos cuando no somos capaces de encontrarnos en los otros.

Mucho se ha escrito y hecho sobre los adolescentes migrantes. En Los niños perdidos (un ensayo en cuarenta preguntas) (Sexto Piso, 2016), Valeria Luiselli habla sobre lo que cientos de ellos deben atravesar después de entrar solos como indocumentados a Estados Unidos: fronteras burocráticas extendidas sobre un territorio que es, más bien, un tiempo denso y oscuro.

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La UNICEF, ACNUR, organizaciones civiles de un lado y de otro… todas unidas trabajando por proteger los derechos de los adolescentes migrantes. Todas escribiendo sobre la violencia de atravesar países desconocidos y llegar al norte (¿a qué norte?) para encontrar a un familiar que sólo conocen en fotos.

Sin embargo, ni la UNICEF ni Luiselli hablan sobre la frontera entre estos adolescentes y aquellos que migran con documentos. Tampoco, sobre las fronteras que ambos comparten a pesar de los papeles.

Las fronteras de Zuri

Zuri tiene 13 años. De este lado, en la Ciudad de México (donde ella nació y vivió hasta hace poco), escucho su voz a través de una llamada de Zoom. No enciende su cámara: se siente más cómoda así. Yo la oigo y trato de imaginar el rostro de quien me cuenta esta historia…

A su corta edad, Zuri se convirtió en migrante después de que su madre decidiera casarse con una pareja, quien tiene un trabajo en Estados Unidos. Luego de la boda vinieron unas vacaciones que no eran vacaciones sino un cambio inesperado. Así, dos semanas de viaje se convirtieron en una mudanza a Delaware.

Para Zuri, asimilar el cambio no ha sido sencillo. “No fue con mucha anticipación. No tengo a ninguno de mis familiares que siempre han sido cercanos a mí; en ocasiones les llamo, pero han sido pocas veces en las que me contacto con ellos ya que, pues… ellos siguen haciendo su vida”, cuenta.

Ha hablado sobre el tema con su madre, pero en realidad no hay mucho qué hacer al respecto más que intentar adaptarse. Sin embargo, en todos lados aparecen fronteras que hacen del camino algo incómodo de andar.

Una de estas fronteras es el choque cultural. “Las personas acá tienen muchísimas más libertades y se me hace muy raro que puedan ser así”, dice. “Se me hacen raras, por ejemplo, las facilidades que nos da el gobierno y que los niños las tomen como un derecho cuando para mí es algo muy importante.”

Cuando le pregunto qué aspecto ha sido más difícil para ella, casi sin dudarlo responde que la escuela. Siente que el sistema educativo tan diferente, el idioma y las formas de enseñanza han retrasado la velocidad con la que aprendía en México. No obstante, Zuri ha encontrado personas a la que se pueda apegar, como maestros y compañeros que hacen todo “un poco más fácil”.

Los papeles no derrumban muros pero tejen lazos

En su ensayo, Valeria Luiselli habla sobre los niños y adolescentes migrantes a los que entrevista para que puedan avanzar en sus solicitudes de asilo. Uno de ellos es Manu Nanco, de 16 años, quien salió de Honduras como indocumentado luego de que miembros de la banda criminal Calle 18 asesinaran a su amigo.

Ya en Estados Unidos, Manu entró a una escuela en Hampstead, Nueva York, donde se encontró con pandilleros de la 18 y de la MS-13. Los de la 18 le tiraron los dientes de un golpe. “Me imagino que en sus noches de rabia y desesperación adolescente se pregunta qué vino a hacer hasta acá”, escribe Luiselli.

Las migraciones de Manu y Zuri están separadas por fronteras enormes. Sin embargo, sospecho que la misma desesperación se esconde detrás de los silencios de ella y de los dientes rotos de él. Zuri me lo dice: “Anímicamente me siento mal”. Luego, nada.

A pesar de la diferencia en sus procesos legales, los dos también comparten la experiencia de atravesar un sistema migratorio que ha sido blindado por los gobiernos recientes.

“Tienes muchas oportunidades, sí, pero es muy difícil venir acá con papeles”, dice Zuri. “Los documentos que te piden para la escuela y todo eso… es complicado”, agrega, y cuenta que su madre, además, no puede trabajar por el tipo de visa con la que entraron.

A esto, dice Zuri, se suman el racismo, la discriminación laboral contra la comunidad latina y la diferencia de idioma. Pese a todo (la tristeza, el idioma, la confusión), afirma que tales circunstancias han reforzado la convivencia en su hogar porque se tienen que apoyar entre todos. Los lazos los ayudan a resistir y hacerse fuertes.

Tu frontera, mi frontera, nuestras fronteras

Yo también migré cuando era adolescente. No crucé fronteras internacionales, pero sí pasé de vivir entre mesetas a habitar un cuarto piso en una ciudad que me imagino un millón de veces más grande que mi pueblo.

Tampoco comparto la historia de Manu ni he pasado por oficinas de migración como Zuri. Sin embargo, no hay fronteras entre sus tristezas y todo lo que sentí cuando partí de mi primer hogar. Hace 15 años de eso.

Mentiría si dijera que me he adaptado por completo aquí, pero estoy segura de que he sembrado cosas como amistades sinceras y aprendizajes internos dolorosos pero deslumbrantes.

Luiselli no supo cómo terminó la historia de Manu; mientras tanto, la historia de Zuri se sigue escribiendo. Y yo… yo no sé por qué cuando escribimos sobre adolescencias migrantes no hablamos sobre los silencios y la complejidad de los llantos. Lo que sí sé es que espero que, para Zuri, las fronteras que la rodean se conviertan en puentes fáciles de transitar.