OPINIÓN | El habitar y pensar desde un cuerpo migrante privilegiado

Bogotá, Colombia, la tierra donde estuvo Verónica después de salir de Venezuela. | Foto: Cortesía de Verónica A. Montoya.
La experiencia de un migrante es, en cierta forma, la experiencia de muchos: alejarse de un país no es tan sencillo como parece frente a los ojos ajenos.
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Verónica Montoya es una joven abogada originaria de Venezuela. Ella salió de su país en 2017 por una crisis social de la que todavía no se presiente el final. Como migrante, ha tenido la misma sensación de despojo y pérdida que muchos sienten al dejar su tierra. Sin embargo, enfoca estas emociones en el objetivo firme de conocer y construir un mundo mejor para quienes comparten su dolor.

En este ensayo, Verónica cuenta sus sentires como migrante, los cuales se multiplican en miles de rostros venezolanos.

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El día que decidí migrar

Un día de abril de 2017 me encontré a mí misma sentada en la sala de mi casa en Venezuela, junto a mis padres en el silencio de la noche, viendo cómo nuestro pequeño espacio se iluminaba con apenas una vela encendida. No había luz aquella noche.

Este escenario no era algo nuevo. Llevábamos años padeciendo los recortes de luz programados por parte del Gobierno o las fallas en el servicio eléctrico. Ambas, consecuencia de un colapso en el sistema de electricidad venezolano producido por la falta de mantenimiento a las instalaciones correspondientes.

No era un misterio para nadie: la corrupción del chavismo y su movimiento revolucionario habían acabado con los cimientos democráticos, la economía y los derechos en general de todos los venezolanos.

Acabaron también con los servicios y garantías más básicas: el deteriorado servicio eléctrico; la falta de suministro de agua; el acabado sistema de salud; la inexistencia de los productos de la canasta básica; el carente sueldo que pudiese costearlos; la falta de seguridad física y jurídica; las carentes instituciones competentes y resolutas, entre tantas otras.

Y aunque en parte uno se acostumbra a vivir entre la miseria y lo mediocre, aquella noche se rebasó el límite de la resiliencia; fue ese el día en que decidí que tenía que salir de Venezuela.

Veníamos de presenciar semanas de protestas pacíficas reprimidas por la Guardia Nacional Bolivariana. Los muertos en manos de la represión iban en ascenso. Ese mismo día funcionarios de la Policía Nacional, o la Guardia, o los militares, quién sabe -uno ni sabe cómo distinguirlos más allá del uniforme, pues todos servían a los fines políticos del Estado, más que a su pueblo- habían disparado balas a mis edificios.

Llevábamos semanas encerrados, enterándonos por Twitter de lo que pasaba a las afueras, en nuestras propias calles. Mis padres tenían miedo de que yo saliera a protestar, podría acabar como alguno de los cientos de asesinados a manos de las fuerzas del Estado durante aquellos meses.

A este escenario de violencia se le suma una despensa cada vez más escasa, pues los supermercados estaban desabastecidos porque los pocos alimentos existentes en el país no podían llegar a los mercados con motivo de las protestas y la militarización.

Todavía recuerdo el día que avisaron los vecinos había llegado un camión a Kromi, el supermercado más cercano a mi residencia en Valencia. Salimos corriendo a comprar lo que sea que hubiese llegado. Aquello parecía jumanji. Todos agarraban las cosas sin mirar el precio. Se dividían los productos entre miembros de familia, pues sólo permitían que dos personas por familia registrada como residente en la zona pudiesen comprar.

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Con cédula en mano, rogando que el punto de venta sirviera porque en las economías hiperinflacionarias el efectivo es inexistente, nos aventuramos como familia en hacer fila por horas para comprar lo que llegó aquel día.

Ante todo este escenario era evidentemente imposible sostener actividades cotidianas. No estaba estudiando. Tampoco trabajaba. Básicamente sentía que la vida pasaba en un eterno conflicto del cual tenía que huir.

No había manera de que yo pudiera hacer algo para cambiarlo y cada día me arriesgaba más en el futuro incierto de un país que todavía hoy, casi 4 años después de aquella noche, parece no tener salida del abismo.

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Un número más de la diáspora

En junio de 2017 salí de Venezuela, por primera vez, sin la intención de regresar. Recuerdo el miedo que tenía de pasar por migración aquel día. Había un miedo implícito porque los funcionarios de migración supieran que no ibas a retornar. Ya corrían una serie de rumores sobre retención de pasaportes y demás prácticas autoritarias.

Por suerte, pude abordar el avión y llegué a Bogotá, Colombia. Había arribado a mi segunda patria. Soy colombiana por adopción, pues en mi familia materna son desplazados forzados del conflicto armado en Colombia durante la década de los 60.

Mi mamá nació en la frontera, allá en el llano colombiano. Mis abuelos construyeron su vida en tierra ajena pero lograron integrarse después de muchos años al país al que todos llamaríamos hogar, y del cual nos veríamos expulsados unos años después.

Estando en Colombia, empecé a librar una batalla con mis emociones. La constante sensación de despojo y soledad tras haber dejado todo atrás: mis amigos, familiares, mi casa, mi carrera universitaria, las calles que conocía, el Caribe, la comida, las tradiciones, entre tantas otras razones de nostalgia que me embargan todavía.

Aquello era una constante que ocurría dentro de mí. Sin embargo, la adaptación debía ocurrir. Adaptarme a lo nuevo debía ocurrir. A pesar de los retos institucionales para integrarme. A pesar de la carente red de contactos. Del escepticismo de algunos por mi acento. Debía ocurrir.

En algún punto, los miles de obstáculos para continuar estudiando en Colombia me llevaron a decidir volver a Venezuela y acabar con mis estudios. Y fue cuando me topé con una realidad que hubiese no querido conocer: el sitio que yo llamaba hogar había desaparecido. La mayoría de mis amigos y mi familia no se encontraba allí; el país estaba inmerso en un contexto de tristeza colectiva, de agonía y resignación.

Supongo que aquello ya era así incluso antes de yo irme aquella primera vez. Supongo también que el haber podido salir y ver algo distinto me hizo reconocer aún más todo lo que se nos había arrebatado. No era sólo que no hubiese comida o que si te enfermaras era lo peor que podría sucederte.

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Era realmente cómo habían acabado con nuestra esencia colectiva. La situación del país mató nuestras costumbres y tradiciones; nuestra alegría y ganas de celebrar; nuestra capacidad de abrazarnos y de conciliar; nos separó de nuestras familias; silenció nuestros corazones.

Aquello es lo más difícil que he tenido que aceptar como migrante. La sensación de que mi hogar ya no es mi hogar. Porque está estructuralmente inmerso en la desidia; pero también porque en esencia ha perdido su valor.

Tuve muchas ganas de irme de Venezuela en aquella visita de cuatro meses. Aguanté. Culminé mis estudios y me sometí a las redes de corrupción habilitadas para poder obtener una apostilla y que mi título me abriera alguna puerta en el exterior. Y así fue como un día, navegando en internet buscando oportunidades de estudio, terminé viajando a México para iniciar estudios de posgrado. Acababa de iniciar una nueva experiencia migrante.

Mientras escribo este texto no tengo certeza del próximo destino. Las únicas dos cosas que sí sé es que todavía no he llegado al nuevo lugar donde yo sienta que pertenezco -el nuevo lugar al que se pueda llamar hogar- y que retornar no es una opción.

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La responsabilidad del privilegio

Y sin embargo, mi historia migrante es bastante privilegiada. Pude acabar mis estudios universitarios. Seguí estudiando en el exterior. Contaba con un trabajo por internet. Había comida en mi mesa todos los días. Pude inscribirme en los sistemas de salud. Pude estar junto a algunos de mis familiares.

He podido salir a conocer destinos en los países en los que he vivido. He estado en situación migratoria regular. También he podido decidir a dónde ir y cómo irme, entre tantas otras de una lista larga de situaciones privilegiadas con las que muchos de mis connacionales no pueden beneficiarse.

Para mí el privilegio implica responsabilidad. Y sí, me siento responsable de retribuir en acciones las miles de oportunidades que he tenido de estudiar y trabajar, de pensar y reflexionar, de habitar este cuerpo migrante privilegiado.

Las respuestas a la pregunta de por qué estudiar las migraciones pueden ser múltiples, pero sin duda nacen de mi propia experiencia migrante, de la sensación compartida del despojo y del sentir que no pertenecemos.

De la creencia que para cambiar la realidad se debe comprender la misma, sí, pero sobre todo se debe empatizar con ella. De la firmeza de que los buenos somos más. Del compromiso de conocer y contar la historia desde otro lugar. De la determinación de hacer algo por una causa, como los miles en el mundo que desde cada trinchera aportamos y luchamos por lo mismo: que este mundo pueda ser más humano.

Y aunque el privilegio me permite encontrarme aquí hoy, escribiendo estas palabras y contribuyendo desde este rincón a la ciencia, desafortunadamente el privilegio no me quita lo caminado, lo luchado, lo migrante.