Depresión y desempleo, los fantasmas de José tras su llegada a México

Algunos migrantes tienen la fortuna de tener familia en el país receptor, otros deben improvisar hogares o permanecer en refugios. Todas estas situaciones terminan ocasionando depresión en las personas en situación de movilidad. | Foto: Cortesía de Alejandro Saldívar, fotorreportero de Proceso.
La depresión tiene características específicas en las personas migrantes. Además de la tristeza, tienen que lidiar con la discriminación en ámbitos como el trabajo. Esta es la segunda de cinco entregas sobre la historia de José.
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“La depresión, básicamente, es un trastorno del estado mental (sobre todo del afecto) en donde los dos principales criterios podríamos decir que son, por un lado, un estado de ánimo abatido, como aplanado. Y la otra es que se pierde placer e interés en actividades que generalmente suelen gustarle a la persona. […] A esto último se le denomina anhedonia”, declara la doctora María Isabel Barrera.

Ella es psicóloga del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz y se especializa en temas de depresión y fibromialgia. De acuerdo con la doctora Barrera, algunos factores que pueden dar pauta a la depresión son “condiciones de vida difíciles, pérdidas, condiciones sociales, culturales y económicas”.

La depresión es algo que se lleva por dentro. “Hay una gran predisposición genética. Es frecuente encontrar en las personas con depresión que sus padres, […] ya sea por línea materna o paterna, quizá llegando hasta abuelos, también han tenido la condición”, detalla la doctora Maribel Barrera.

Según datos del portal de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se calcula que alrededor de 300 millones de personas en todo el mundo sufren este padecimiento. La depresión no discrimina: ataca por igual a policías, parteras, médicos, psicólogos, y desde luego, a las personas en situación de movilidad.

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La depresión en la vida de los migrantes… en la vida de José

Los migrantes presentan síntomas particulares de depresión además del sentimiento de tristeza y la anhedonia ya mencionados. Omar Martínez, psicólogo enfocado en la migración de la Organización No Gubernamental Sin Fronteras IAP, lo explica así:

“Estos síntomas son el distanciamiento de redes afectivas y de apoyo, un consecuente aislamiento y, por ende, la incapacidad de integrarse a nuevas redes y grupos en una nueva ubicación geográfica”.

José se describe como una persona afortunada: “he tenido suerte, he conseguido las cosas rápido. Primero pedí refugio y me aceptaron como refugiado. Y una casa de refugiados me dio una ayuda humanitaria por cuatro meses y con eso me ayudó, por lo menos, a mantenerme”, declaró recordando el inicio de su travesía.

Sin embargo, no todo era mermelada sobre el pan. Su éxodo recién comenzaba, pues poco a poco esa ayuda humanitaria se comenzó a terminar y José no encontraba empleo. La depresión comenzó nuevamente a ganar terreno en su vida.

Omar Martínez, psicólogo enfocado en personas en situación de movilidad, en entrevista vía zoom. Foto: Cortesía Isai Monterrubio.
Omar Martínez, psicólogo enfocado en personas en situación de movilidad, en entrevista vía zoom. Foto: Cortesía Isai Monterrubio.

Cuestión de preferencia

El doctor Gerardo Maldonado, del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), experto en temas de opinión pública y migración, explicó:

“En términos generales, por lo menos con los datos que nosotros hemos recolectado en el proyecto de ‘México, Las Américas y El Mundo’ cuando cubrimos las cosas de migración, desde 2010 hasta ahora hay una buena opinión general sobre los extranjeros y sobre los inmigrantes”.

Se piensa que los migrantes que llegan al país aportan a la economía y traen ideas innovadoras. No obstante, “hay un perfil muy claro de qué tipo de extranjeros nos gustan”, reveló Gerardo. “Aquellos que tienen tez blanca o un fenotipo más europeo o norteamericano suelen tener actitudes más positivas.”

José es un hombre de tez morena, como la arena de las playas de Maiquetía. La edad se ve reflejada en su persona: 67 años tiñeron de color nube sus cabellos, y su voz,  aunque segura y coqueta, ya se escucha algo cansada. Usa anteojos. La vista le funciona, pero no es un 20/20. Algo no cuadra. El cuerpo le pide reposo, pero tiene un alma joven y activa.

 “La gente prefiere migrantes que tienen altas capacidades (es decir, alta ocupación) y que se dedican a actividades de cierto tipo. En cambio, hay un rechazo hacia migrantes que tienen capacidades bajas o niveles educativos bajos”, apunta Maldonado.

Los adultos mayores no se encuentran dentro de la población con una alta ocupación. Prueba de ello es que el mayor problema que ha tenido José en la CDMX es el encontrar empleo.

El problema de la migración, los estigmas y el trabajo

En un acto de reflexión, José trató de comprender lo que pasaba por la mente de los empleadores mexicanos.

“Creo que es por mi edad, a lo mejor pensarán ‘¿contratar un señor de 67 años, o uno de 45?’”, y añadió con un aire de fortaleza: “físicamente me siento bien, activo. He pensado en asistir personalmente a las entrevistas con los empleadores para que me vean y digan que, a pesar de mi edad, no me veo tan viejo. Todavía me siento activo y con muchas ganas de trabajar”.

Para Gerardo Maldonado es importante que la sociedad trate de integrar a los nuevos ciudadanos, aquellos que no son ilegales pero que, frente a los ojos de la ley, son transgresores del territorio. “Y si esto no ocurre […] seguro tiene consecuencias en términos de su salud y estabilidad emocional.”

Y las tienen. José lo sabe y lo siente presente.

*

Esta es la segunda parte de una historia de cinco entregas sobre la historia de José. Al igual que otros millones de venezolanos, él tuvo que abandonar su tierra por la crisis social y económica que el país atraviesa desde hace algunos años. El proceso personal de José (y de miles de migrantes más) está atravesado por la depresión, la discriminación laboral pero también la esperanza. Consulta las otras entregas de este reportaje:

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