Luis Valentan: la historia de un migrante que decidió empezar de nuevo en México
Luis Valentán salió de México con la ilusión de trabajar un año y regresar. El desierto casi le arrebata la vida, construyó su futuro durante tres décadas en Estados Unidos y, al final, decidió volver por las políticas migratorias. Hoy dedica su vida a ayudar a otros migrantes.

A los 17 años, Luis Valentán creyó que cruzar la frontera era la única forma de cambiar su destino.
Como miles de jóvenes mexicanos a principios de los años noventa, creció viendo cómo vecinos y amigos regresaban de Estados Unidos con dinero, ropa nueva y la promesa de que del otro lado existían oportunidades imposibles de encontrar en México.
En 1991 decidió intentarlo. Su plan era sencillo: trabajar durante un año, ahorrar dinero y volver a casa.
Nunca imaginó que ese viaje se convertiría en una historia de 35 años.
Una infancia marcada por la desigualdad
Luis creció en la Ciudad de México en un hogar encabezado por una madre soltera que luchaba todos los días por sacar adelante a su familia.
Desde muy joven conoció las carencias económicas y también la criminalización que enfrentaban muchos adolescentes de su colonia. Recuerda que era común que grupos policiacos recorrieran las calles para detener o intimidar a jóvenes que simplemente convivían en parques o jugaban futbol.
Ante la falta de oportunidades, comenzó a trabajar desde adolescente. Recolectó basura en mercados, ayudó en un puesto de abarrotes y buscó distintas formas de apoyar a su familia.
Mientras tanto, veía cómo algunos conocidos cruzaban la frontera y regresaban meses después con dinero suficiente para cambiar su estilo de vida.
Aquellas historias terminaron por convencerlo de que migrar era la mejor opción.
Un viaje que casi termina en el desierto
Luis emprendió el viaje acompañado de su primo Miguel, su amigo Pablo y Fernando, un conocido que ya había cruzado anteriormente y sabía cómo llegar a Estados Unidos.
Después de dos días de camino llegaron a Tijuana.
Ahí descubrió que el rechazo comenzaba incluso antes de cruzar la frontera. Mientras buscaban un albergue para migrantes, un policía los insultó y los amenazó únicamente por ser originarios de la Ciudad de México.
Pese a ello, continuaron.
Durante el primer intento de cruce caminaron junto a un grupo de aproximadamente 30 personas hasta que fueron sorprendidos por la Patrulla Fronteriza.
Un helicóptero apareció sobre ellos y las camionetas comenzaron a cerrarles el paso.
La única reacción fue correr.
Luis nunca había estado en el desierto y terminó completamente solo.
Su primo y sus amigos fueron detenidos mientras él caminó perdido durante casi dos días, sin agua, sin comida y convencido de que probablemente moriría ahí.
Por las noches cavaba pequeños hoyos entre los arbustos para cubrirse con tierra y protegerse del frío.
Cuando finalmente encontró una carretera intentó entregarse a agentes migratorios, pero estos simplemente lo ignoraron y siguieron su camino.
Horas después, un hombre mexicoamericano se detuvo para ayudarlo. Le dio agua, comida y lo llevó de regreso a Tijuana, donde pudo comunicarse con su familia.
Tres intentos para cumplir un sueño
Aunque estuvo a punto de abandonar el viaje, Luis decidió intentarlo nuevamente.
El segundo intento también fracasó y volvió a quedar separado del grupo.
Finalmente, en un tercer intento, logró cruzar la frontera durante la noche. Después de brincar bardas y recorrer varios kilómetros, fue trasladado junto con otros migrantes en vehículos hasta llegar a Santa Ana, California.
Habían pasado siete días desde que salió de su casa en la Ciudad de México.
“El sueño americano no era como lo imaginaba”
Su llegada a California tampoco fue como la había imaginado.
Después de instalarse con la familia de Fernando, se mudó a Los Ángeles, donde encontró barrios golpeados por la pobreza, la violencia, las pandillas, la prostitución y el consumo de drogas.
Muy lejos de la imagen de prosperidad que había visto desde México.
Para sobrevivir aceptó cualquier trabajo.
Durante un tiempo vendió documentos falsos sin saber que se trataba de un delito. Cuando comprendió que esa actividad estaba ligada a grupos criminales decidió alejarse porque, asegura, no había dejado México para volver a poner en riesgo su vida.
Después comenzó desde cero.
Aprendió el oficio de la costura, cortando hilos y planchando prendas por apenas 40 centavos la pieza. Más tarde trabajó como jornalero, mecánico, instalador de mofles, llantero y en muchos otros oficios.
Durante 35 años trabajó sin descanso, pagó impuestos y aportó a la economía estadounidense.
El miedo terminó por hacerlo regresar
Con el paso del tiempo comprendió que, pese a décadas de trabajo, nunca tendría acceso a una residencia legal, una pensión o un retiro digno.
Además, las políticas migratorias endurecidas durante la administración de Donald Trump cambiaron por completo su vida.
Salir de casa significaba hacerlo con miedo.
Vio a muchos trabajadores migrantes envejecer sin derechos laborales, sin protección social e incluso viviendo en la calle después de dedicar toda una vida al trabajo.
No quería terminar igual. Fue entonces cuando tomó la decisión de regresar a México.
Para Luis, hablar de un “retorno voluntario” no refleja la realidad de miles de migrantes. Considera que la mayoría vuelve porque el miedo, la incertidumbre y las políticas migratorias terminan expulsándolos.
“Si voy a sufrir, prefiero hacerlo en mi propio país”, resume.
Luis Valentan ahora ayuda a quienes regresan
Hoy, lejos de dar la espalda a la migración, Luis decidió convertir su experiencia en una herramienta para ayudar a otros.
Actualmente trabaja acompañando a personas deportadas y migrantes en retorno para que reconstruyan su vida en México.
Su labor consiste en facilitar el acceso a empleos dignos, fortalecer redes comunitarias y promover políticas públicas que permitan una reintegración más humana para quienes regresan al país.
Después de sobrevivir al desierto, trabajar durante 35 años en Estados Unidos y comenzar de nuevo en México, Luis asegura que encontró un nuevo propósito: demostrar que el regreso también puede ser el inicio de una nueva oportunidad.

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