Cruzando líneas | El cuerpo ajeno
Confronta las ideas, pero no ataques a la persona. Esa ha sido mi letanía desde que mis hijos entraron a la preadolescencia y cambió hasta su manera de pelear. Entre ellos, antes todo lo solucionaban con un manotazo o un jalón de cabello cuando no los veía, pero ahora usan las palabras para lanzar la ofensiva. Disimulan, pero no bajan la guardia. Y es aquí donde mis sentidos se agudizan. Las palabras lastiman y dejan cicatrices, y no quiero que piensen que está bien usarlas con el filo más destructor.
Ojalá todos tuviéramos a alguien que nos recordara siempre el poder de las palabras; alguien que desde pequeños nos hubiera enseñado más a debatir que a imponer, más a construir que a señalar, o más a usar la inteligencia y no la astucia. Pero nos faltaron jalones de oreja y ahora con las redes sociales nos sentimos envalentonados para decir lo que sea, sin importar a quién le cae la bomba.
Hace poco publicamos un par de videos sobre la detención migratoria de una popular influencer del sur de Arizona. Incluimos reacciones de figuras políticas locales importantes, incluyendo a una congresista. Gente que ni siquiera entiende el idioma que hablamos comenzó un ataque personal en redes criticando el físico y no las acciones. Sí, trataron de avergonzarla por su peso, su figura, su manera de caminar y hasta cómo se vestía. Lo hicieron solo porque no pudieron criticar su proceder, porque la manera en la que salió a defender a una migrante en lo que parecía ser un encuentro arbitrario con las autoridades no es fácil de juzgar. Ella hizo lo que se espera de un representante elegido por votación popular.
Los ataques no disminuyeron. La influencer, que poco después fue liberada por migración, fue el blanco de críticas muy duras y personales por la misma razón. Como ya no podían justificar la detención, criticaron su peso y su acento.
Lo que debía ser una discusión pública sobre el uso del poder, el racismo y el abuso institucional terminó convertido en un linchamiento digital centrado en sus cuerpos. Eso también es una forma de disciplinar a las mujeres en el espacio público: si levantas la voz, te castigamos por cómo te ves; si usas tu cargo para acompañar a quienes no tienen representación, te reducimos a tu talla de ropa. Es el mismo sistema opresivo, solo que ahora disfrazado de comentario ingenioso, de meme, de hilo viral o de una respuesta con poca gracia y mucho mal gusto en Facebook.
Si dejamos pasar la intromisión con el cuerpo ajeno, mañana será más fácil justificar el ataque a la dignidad, a la historia, a la humanidad de las personas que ya son vulneradas. No se trata de blindar de crítica a nadie, mucho menos a quienes ocupan cargos públicos. Se trata de elegir bien el blanco de nuestra indignación. Podemos cuestionar decisiones, exigir transparencia, denunciar abusos. Pero cuando lo único que encontramos para señalar es el cuerpo de alguien, lo que estamos diciendo es que ya no nos queda argumento.
También sé que este cambio no empieza en “las redes”, sino adentro, en la conciencia. Cada vez que siento la tentación de opinar sobre el cuerpo de alguien más, me pregunto qué estoy proyectando de mis propias inseguridades y qué tanto estoy repitiendo violencias que juré no heredarles a mis hijos.
Detener estos ataques no es solo darle “bloquear” o “dejar de seguir”. Es hacer una pausa incómoda y preguntarnos por qué nos parece aceptable hacer chistes del cuerpo ajeno, por qué creemos que tenemos derecho a opinar sobre la talla, el peso o la forma de nadie. Si alguien debiera sentirse avergonzado, no es la mujer que ocupa espacio con su cuerpo en el mundo, sino quien se cree con autoridad para reducirla a ese cuerpo.
Nadie nos nombró jueces del cuerpo de los demás. En realidad, lo que deberíamos cuestionar, no es la talla del otro, sino la pequeñez de nuestra seguridad.
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