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El poder de la ayuda mutua en la migración de la disidencia sexogenerica

Por. Amelia Marie Federico y Ale Romero Castillo, equipo psicosocial, Instituto para las Mujeres en la Migración, AC (IMUMI).

Ser una persona migrante es enfrentarse a desigualdades estructurales, rígidas y excluyentes que fuerzan, en primer lugar, a dejar el lugar de origen. Dejar atrás todo lo que se conoce con la esperanza de sobrevivir no es una elección hecha a la ligera; a menudo, es la única opción. Las políticas restrictivas, la militarización y la violencia sistémica en nuestra región perpetúan las condiciones que obligan a las personas a desplazarse.

Ser una persona migrante LGBTQIA+ representa un desafío doble; enfrentar las barreras excluyentes de las políticas migratorias y los mandatos tradicionales de género y sexualidad. Cruzar fronteras fuertemente militarizadas expone las fallas en el acceso a la protección internacional, mientras que vivir abiertamente la propia identidad desafía los prejuicios sociales.

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Esta doble vulnerabilidad coloca a las personas migrantes LGBTQIA+ en un mayor riesgo de violencia, desplazamiento y maltrato. Una encuesta realizada en 2024 por el Centro de Migración Mixta encontró que casi todas las personas LGBTQIA+ encuestadas (98% de 131) informaron un nivel alto o muy alto de exposición a riesgos relacionados con su orientación sexual, identidad de género, expresión de género o características sexuales. Frecuentemente, sufren discriminación sistémica por el simple hecho de ser quienes son en movimiento. Para las organizaciones defensoras de los derechos de las personas migrantes, aliadas y comprometidas con la justicia, la pregunta es: ¿cómo impulsamos un cambio profundo cuando las mismas políticas de Estado que generan estas crisis de derechos humanos se presentan como la solución, y cuando muchas iniciativas humanitarias dependen del financiamiento gubernamental?

Si los recursos que sostienen la detención migratoria y la contención fronteriza provienen de los mismos actores, debemos replantearnos cómo construir justicia desde enfoques comunitarios, imaginando formas de solidaridad que no repliquen las violencias institucionales. El apoyo comunitario ofrece una respuesta arraigada en décadas de práctica. La ayuda mutua es el poder colectivo de sostenerse de manera incondicional y autónoma. A diferencia del asistencialismo, este enfoque acompaña a las personas en su realidad, construye verdadera solidaridad y reduce la dependencia de fondos que también financian enfoques punitivos contra la migración. Fundamentalmente, las redes de cuidado funcionan creando espacios de protección y resistencia que priorizan la vida frente a las condiciones de desplazamiento forzado. Al mismo tiempo, este acompañamiento no es un modelo único; se adapta orgánicamente a las necesidades, culturas y capacidades de las diferentes comunidades.

Por ejemplo, la organización Contra Viento y Marea en Tijuana, nacida de la comunidad LGBTQIA+ dentro de la caravana migrante de 2018, ha operado desde 2019 para proporcionar alimentos, ropa y acompañamiento comunitario de forma independiente. Por otro lado, Las Patronas, en Amatlán de los Reyes, Veracruz, preparan comida y agua para las personas en tránsito desde 1995. Estos colectivos, por mencionar algunos, encarnan el poder transformador de la ayuda mutua: atención directa, empatía y una respuesta de protección frente a las
omisiones del Estado. Lo que funciona para un albergue en Tijuana puede parecer diferente a una iniciativa rural en Veracruz, pero ambas comparten el mismo principio: un apoyo impulsado por la comunidad que dignifica la vida y resiste la violencia.

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En conclusión, la intersección entre los derechos de las poblaciones LGBTQIA+ y los derechos de las personas en movilidad revela cuán profundamente se entrelazan la exclusión y la discriminación para agravar la vulnerabilidad. Conmemorar el Día Mundial de la Diversidad
Sexual exige reconocer a quienes resisten desde el desplazamiento forzado y las fronteras. En este contexto, la ayuda mutua no es caridad; es una estrategia de supervivencia y una visión del cuidado comunitario que protege la dignidad frente a la violencia sistémica, recordándonos que no habrá justicia plena hasta que todas las personas puedan migrar y amar libres de miedo.

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