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Cruzando líneas | Los 6 de Conecta

Mucho pasa en seis años y la memoria nos desdibuja los recuerdos. Hay algunos que regresan y nos mueven algo por dentro: un olor, una canción, una frase, una caricia del viento… una voz. Esta mañana el café me lo provocó todo. Cerré los ojos y volví en el tiempo al 2020.

En el comedor de mi casa estaban mis mellizos conectados a unas tabletas en clases virtuales para poder graduarse del kínder. Ellos no entendían lo que hacían y seguramente sus maestros tampoco. Rocco, nuestro perro de casi 15 años, se subía al sillón con mucho esfuerzo para estar conmigo mientras yo martillaba las teclas de mi computadora vieja. Una tanda de lavadora tras otra, cocinar, limpiar, jugar y pensar que eso sería temporal.

Mi celular tenía más de una decena de alarmas, y al mediodía nos sentábamos a leer cuentos en Facebook, para matar el tiempo. Una tarde antes preparábamos los disfraces y hacíamos manualidades para que la magia cobrara vida. Era el momento más sagrado del día. Hablábamos de cuántos casos de coronavirus se habían reportado en Arizona, cantábamos para enseñarles a “todos los niños del mundo” cómo lavarse bien las manos y enumerábamos en voz alta todo lo que hacíamos para matar ese “bichito” que se metía por la nariz y la boca, por eso vivíamos pegados al cubrebocas. Mis hijos eran tan pequeños, inocentes y sus vocecitas eran un salvavidas.

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Yo no sabía de qué viviría. Todo mi año estaba planeado alrededor de un documental que, por la crisis de salud, se había puesto en pausa, quién sabe hasta cuándo. Como periodista independiente, un poco de estabilidad económica caía bien en momentos de tanta incertidumbre como ese, pero ¡nada! Ni modo. Nunca he sido mucho de preocuparme por las cuentas. Me gusta trabajar y siempre se me ocurre algo. Y, como dice mi mamá: “Dios proveerá”. Y proveyó.

Cuando el mundo estaba encerrado, confundido, preocupado y solo, decidí acompañarlo. Lo necesitaba tanto como los demás. Empecé a contar historias y reté mi suerte en la calle inmortalizando la pandemia, la política, las fronteras, las marchas y todo lo que pasaba frente a mi pluma, la cámara o el micrófono. Me obsesioné con los vacíos y los silencios. No intenté llenarlos, algo extraño en mí que tiendo a buscar palabras para todo. Y así nació Conecta Arizona, un grupito de WhatsApp de gente de ambos lados de la frontera que quería compartir soledades. Lo que pasó después es más bonito que un sueño y más poderoso que un huracán.

Hay gente que dice que después de un parteaguas en sus vidas, todo se vuelve borroso. Aquí no. Recuerdo cada mensaje, los momentos que lloré en la noche acompañando duelos ajenos, las pérdidas propias, las historias que me rompieron, las cuentas bancarias personales en números rojos y las veces que contuve el aliento intentando explicarles a otros lo bonito que estábamos construyendo juntos en la frontera a través de mensajes, emojis, gifs y cafecitos virtuales.

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Esta mañana después, ya con la pandemia en el espejo retrovisor de la vida, tomo otro sorbo de café, me llevo la mano al pecho y siento toda la emoción encapsulada muy cerca del corazón y la boca del estómago. Siento la pasión en el vientre. Pienso en las tantas desveladas en las que se me iban las horas imaginándome ese puente humano que recorría con las yemas de los dedos y las neuronas. Me enamoré de un sueño que se convirtió en realidad. Qué suerte tengo de amar con tanta intensidad algo que sé que es también mortal. Lo disfruto ahora, lo acaricio hoy, lo saboreo en este instante y convido sus mieles con otros que, como yo, tenían ganas de devorarse un mundo lleno de antojos, aventuras e historias. En este mundo cabemos todos.

Felices 6, Conecta Arizona.

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