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Mundo Errante | La defensa del Cerro Cuchumá y los pueblos sin fronteras

Una leyenda del pueblo Kumiai cuenta que el cerro de Cuchumá se formó luego de la trágica historia de amor entre el guerrero del mismo nombre y la princesa Iztakat. Era un amor prohibido y juzgado erróneo por el pueblo de la joven, quien por su belleza y juventud estaba prometida como ofrenda al dios del sol. Cuchumá, procedente de otro pueblo, quedó prendado de la belleza de la joven, pero fue advertido por los sacerdotes cochimíes que tenía prohibido acercársele.

El guerrero no hizo caso, le envió un recado amoroso en una flecha que ella recibió y aceptó. Sin embargo, los descubrieron, la joven Iztakat fue condenada y diciendo que tenía el amor de Cuchumá en una flecha que la haría sangrar, la enterró en su corazón.

El cerro Cuchumá, hoy está en el centro de una disputa por respeto a la cultura del pueblo Kumiai. El gobierno de los Estados Unidos ha iniciado desde mediados de abril de este año, obras que buscan la ampliación del muro fronterizo en la zona de Tecate. Los trabajos de maquinaria y, al parecer con uso de explosivos, generan afectaciones serias en el entorno del cerro en ambos lados de la frontera. Las autoridades y representantes indígenas en México han denunciado el caso ya que la zona binacionalmente se considera un sitio sagrado para sus pobladores originarios, quienes declararon al Cuchumá como una montaña sagrada donde realizan ceremonias, pues es parte de su ecosistema cultural y religioso.

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Cuchumá está ubicado en la región de Tecate, Baja California, que como dijimos, posee valor ambiental, cultural e histórico que es reconocido como parte del Registro Nacional de Sitios Históricos de los Estados Unidos y fue declarado patrimonio cultural inmaterial en México. Hasta la fecha, hay vacíos en los trabajos de construcción que realiza el gobierno estadounidense, no hay un posicionamiento claro del gobierno municipal del lado mexicano y, hasta donde se sabe, el gobierno de los Estados Unidos está faltando a un convenio firmado que planteaba la protección del lugar, que data de la década de los 1990.

En el lado norteamericano, medios nacionales e internacionales han registrado que la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, conforme a sus siglas en inglés) mantiene obras y uso de explosivos, destruyendo zonas de mortero y dañando el monolito más grande de la montaña que se considera sagrada. No ha habido, aún, alguna acción que
frene el uso de explosivos, si bien la presidenta Claudia Sheinbaum, en una conferencia mañanera planteó que solicitaría a las Secretarías de Cultura y de Relaciones Exteriores un reporte sobre las posibles repercusiones del uso de explosivos en el sitio y las afectaciones al patrimonio cultural y al medio ambiente.

La defensa del lugar ya ha organizado a el pueblo Kumiai en un Encuentro Binacional del Pueblo Kumiai para “la defensa y preservación de su patrimonio y legado cultural en México y Estados Unidos” y ha convocado a organizaciones, académicos y activistas de la frontera que se han manifestado como Proteger al Cuchumá.

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La montaña sagrada de Tecate pues consideran que es un “asunto [que] requiere la intervención activa e inmediata del Estado mexicano en el ámbito diplomático”. Las personas y organizaciones firmantes plantean que el caso requiere atención por “la gravedad y urgencia de los hechos…[el]…carácter irreparable de los daños…la continuidad de estas intervenciones y la obligación del Estado mexicano de proteger los derechos culturales, la integridad territorial y el patrimonio biocultural de las comunidades que habitan en su territorio…”.

Cuchumá, el guerrero, por cierto, al saber que Iztakat se suicidó, la enterró en una fosa y usó la misma flecha para unirse a la joven. La leyenda dice que los dioses conmovidos lo convirtieron en el cerro que cuida a la joven eternamente. Hoy, hace falta cuidarlos a ambos del conservadurismo que cierra fronteras y separa a las personas. La zona del Cucuhumá y Tecate, desde luego, es paso de migrantes, que implica recorridos de horas bajo el sol desértico que provoca deshidratación y muchas veces abandono de las personas migrantes víctimas del tráfico y el engaño. Valdría la pena que, en lugar de minar y destruir una zona cultural que une a dos naciones en un lugar de la frontera, fuera un lugar para la convivencia binacional y el reconocimiento de los pueblos.

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