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Cruzando línea | Las dos verdades

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Uno siempre tiene una opinión para todo. Hoy, por ejemplo, pensé en escribir sobre Venezuela. Tengo años siguiendo la situación del país y su impacto directo en los venezolanos que residen en Estados Unidos, específicamente en lugares como Florida y Arizona. Pero, por más que lea, por más que entreviste, por más que indague, me falta esa competencia cultural que te da haber nacido allá para poder opinar desde acá.

Además, siento que lo que sobra después de la intervención estadounidense y la captura de Maduro son opiniones: comentarios que polarizan y romantizaciones que minimizan este momento histórico que estamos viviendo.

Por eso decidí dedicar estas líneas a las múltiples verdades que una como persona puede sostener a la vez. Puedes alegrarte de que Maduro ya no esté en el poder, pero condenar el método de una nación extranjera invadiendo territorio venezolano. Puedes ser judía o judío y condenar lo que pasa en Palestina, en Gaza y las tantas muertes que las ideologías han acumulado en la conciencia. Puedes amar incondicionalmente a alguien, pero también establecer límites sanos para evitar que ese afecto termine causando heridas.

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Sí, podemos vivir navegando entre contradicciones que se convierten en verdades propias, pero que todavía no son aceptadas del todo por una sociedad que niega esos grises que, al fin y al cabo, nos convierten en humanos.

Esas verdades, cuando se transforman en meras opiniones, pueden volverse como un cuchillo convertido en una navaja afilada. Como en todo, jamás lograremos entender al cien por ciento cuáles son las verdades que las otras personas sostienen, si son las mismas que las nuestras, si tienen otros matices, qué dolores las acompañan.

A lo más que podemos aspirar es a la empatía: a sentir y entender, aunque sea por encima, todo lo que se esconde en lo profundo del otro. Pero el sentido común y la empatía son los primeros en desaparecer en las crisis, al menos después de reaccionar instintivamente a algo.

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Las amenazas nos despiertan todo. Nos atacan los miedos. Se crea una fricción que destapa esos temores que proyectamos en alguien más. Esto no es un análisis psicológico; no tengo las credenciales para eso ni mucho menos la experiencia. Pero después de más de veinte años como periodista, he entendido que, cuando no entendemos nuestro propio dolor, terminamos provocándolo en los demás.

Venezuela está en un momento de transición complicadísimo, debajo de un régimen que parece haber cambiado de cabeza, pero mantiene muchos de los mismos miedos, y quizá más; con las mismas carencias, o más; con, irónicamente, las mismas
esperanzas, o más. Es un momento de duelo nacional, personal, migrante, refugiado, que solo cada quien puede entender y procesar a su tiempo.

La cuestión política también es otra cosa. La imposición de Estados Unidos sobre una nación latinoamericana poco sorprende. Este país ha sido, también, el que tira la piedra y esconde la mano. Tiene muchas verdades juntas y, en buena medida, muy oscuras.

Al final, las contradicciones de los países también son reflejo de las nuestras. De eso sí puedo hablar: de la incomodidad que me revuelve el estómago cuando pienso en cómo van las cosas en este país, en lo que nos estamos convirtiendo, en lo que permitimos y celebramos.

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