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Cruzando líneas | Resistencia migrante

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¿Qué es migrar? Es partirse un poco el alma a la fuerza para sobrevivir. Es remendar un corazón que se queda dividido entre las raíces y los frutos, entre la nostalgia y las ganas de que todo salga bien. Es abrazar una identidad nueva sin desarraigarse la vieja. Es lamer heridas. Es la resistencia de soñar. Es sentir que uno no encaja, que sobra, que se achica, que navega… que a duras penas sigue. Es justificar y demostrar, siempre. Es poner a prueba la paciencia. Es educar, ser y reinventarse al mismo
tiempo. Migrar es complicadísimo, pero ¿no lo es así todo?

Yo soy migrante. No es ningún secreto, es una parte muy importante de mi identidad, algo que celebro y algo que me costó muchos años desnudar. Soy mexicana por nacimiento y estadounidense por elección y privilegio. No importa si a la frontera la cruzo de ida o vuelta, siempre llego a casa. Hoy, en el Día Internacional del Migrante, honro mi dualidad, mi bilingüismo, mis contradicciones y mi resiliencia, y lo hago con millones que en el mundo aún, a pesar de toda su belleza, son percibidos como una afrenta.

Hay muy poco de romántico en esto de dejar el nido y emprender vuelo. Unos lo hacemos por amor; otros por el hambre, la violencia y la sobrevivencia. Unos podemos volver a casa; otros mueren en patrias prestadas que nunca les permitió salir de las sombras. Unos nos hemos convertido en el rostro de un éxito anhelado; otros siguen siendo retratados como la cara de la miseria humana. Unos somos bienvenidos; otros son los indeseados. A unos nos celebran; a otros los atacan. Es jodido, porque por más lo pienso no es que no nos gusten los migrantes, lo que nos molesta es que sean el reflejo de una sociedad tan elitista y polarizada. Digámoslo como es y en voz alta.

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Pero aún sí, migrar es fuerza.

En el mundo somos más de 281 millones de migrantes, según el último informe de la ONU sobre el Stock Internacional de Migrantes en 2024. Estados Unidos es un país receptor, pero no el único ni el principal; recibe alrededor de 52 millones, mientras Alemania y Arabia Saudita lideran en proporción con sus poblaciones.

Hay una belleza cruda en migrar que no se ve en las noticias ni en los titulares, y miren que sé un poco de eso. Es el poder de tejer redes nuevas en tierras ajenas, de aprender a hacer tamales por la nostalgia a pesar de que odia uno la cocina; es ver
cómo un mercado de esquina en Phoenix se llena de sabores de Oaxaca, o cómo una familia venezolana abre un food truck que huele a arepas y despierta los recuerdos.

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Esa belleza nace de la migración como acto de creación, no solo de supervivencia; transforma barrios grises en mosaicos vivos, donde el español se mezcla con el inglés y nace algo más fuerte, más híbrido, más nuestro. Y así, este país, o donde estemos, empieza a ser también nuestro reflejo. Migrar no es solo partir; es plantar semillas que florecen, y un día, cuando menos lo esperemos, veremos el jardín entero. Porque si algo nos ha enseñado esta vida de fronteras, es que la fuerza de encontrar lo bello en el duelo también en resistencia.

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