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HUMAN RIGHTS WATCH | 18 de noviembre
“Sergio C.” habla con investigadores de Human Rights Watch en el Instituto Tamaulipeco en Nuevo Laredo, México. © 2017 Human Rights Watch

“Sergio C.” habla con investigadores de Human Rights Watch en el Instituto Tamaulipeco en Nuevo Laredo, México. © 2017 Human Rights Watch

“Sergio C.”, de 31 años, se sentía inquieto cuando bajó de un autobús de deportados en Nuevo Laredo, México, el 15 de junio, tras haber pasado nueve meses en el Centro de Detención de Río Grande, en Estados Unidos. Se apresuró a llegar a los teléfonos gratuitos para comunicarse con su esposa “María” y recibir […]

“Sergio C.”, de 31 años, se sentía inquieto cuando bajó de un autobús de deportados en Nuevo Laredo, México, el 15 de junio, tras haber pasado nueve meses en el Centro de Detención de Río Grande, en Estados Unidos. Se apresuró a llegar a los teléfonos gratuitos para comunicarse con su esposa “María” y recibir noticias de sus cuatro hijos, nacidos en Estados Unidos.

“Ahora tengo la cabeza vacía, después de haber pasado tanto tiempo detenido”, dijo, parpadeando bajo las luces fluorescentes del centro de recepción. “Pero veremos qué ocurre. Estoy muy feliz de estar afuera”.

Sergio viajó a Estados Unidos por primera vez cuando tenía 14 años, y llevó consigo a su hermano, que en aquel momento tenía 12. Su padre trabajaba en las maquiladoras de Matamoros, México, y quería un futuro mejor para sus cinco hijos. Para los hermanos, eso significaba vivir con un tío en una pequeña localidad del valle de Río Grande.

Sergio disfrutaba de ver los partidos del equipo de fútbol de la escuela secundaria local, aunque tuvo algunas dificultades con sus estudios y le faltó un semestre para poder graduarse. Pero su mayor pasión era trabajar con alimentos, y ya tenía un buen trabajo en un restaurante, donde vestía el elegante uniforme blanco y negro de los camareros y recibía generosas propinas. María, su futura esposa, otra inmigrante indocumentada, trabajaba allí como camarera.

El estilo de vida que impone un restaurante le sentaba bien a la pareja. Como beneficio adicional, en su trabajo podían comer mariscos y bistecs, y esto les permitía ahorrar en comida. Cuando comenzaron a tener hijos, pudieron complementarse: en general, él trabajaba por la noche y ella durante el día, pero a veces cambiaban los turnos para alivianar la carga del otro.

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Los problemas de Sergio comenzaron en 2010, cuando le encontraron marihuana y se declaró culpable de tenencia de esa sustancia. Cumplió una pena de seis meses de prisión por ese delito, y luego pasó un período en el Centro de Detención de San Antonio antes de ser deportado. Desde aquel momento, señala, no ha tenido contacto con ninguna sustancia ilícita. En reiteradas oportunidades, trató de reunirse nuevamente con su familia, pero fue detenido en cada uno de estos intentos.

“Ahora, me detienen solo porque me conocen”, dijo en referencia a la policía local de su ciudad y demás puntos de la frontera. “Me llevan al salir de mi casa o cuando estoy en una tienda, o en cualquier lugar”, manifestó. Según señaló, lo detienen porque la policía sabe que no tiene documentos. “Firmo la deportación y listo”.

Sergio dice que no tiene miedo de ahogarse en el río ni de morir en el desierto. “Pero todo se va sumando”, dijo, “año tras año, solo por ingresar en Estados Unidos”. Ha sido procesado varias veces por ingreso ilegal reincidente, y las condenas son cada vez más severas.

Las veces en que Sergio es detenido, María lo visita con regularidad. Envía a sus cuatro hijos a que visiten a su padre en México mientras espera el momento de poder cruzar. El mayor está a punto de empezar la escuela secundaria y el más pequeño pronto comenzará la primaria. Pero María no puede visitar a Sergio en México, ya que ella tampoco tiene documentos.

“Mi esposa es valiente, es más valiente que yo”, dijo Sergio. No obstante, Sergio afirmó que María no quiere que él vuelva a cruzar, porque no quisiera que vuelvan a encarcelarlo.

Sergio tiene previsto, por el momento, ir al pueblo mexicano de China, en el estado de Nuevo León, a trabajar para una cuñada en una empresa de andamios.

“Veremos cómo salen las cosas”, dijo, mientras recogía la bolsa plástica con sus pertenencias para dirigirse a tomar el primer autobús del trayecto hasta a China.

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