Cruando líneas | El tercer atentado contra Trump
El sonido de los disparos se camufló con el de la loza y las copas de cristal. Las detonaciones fueron para muchos imperceptibles, hasta que el Servicio Secreto sacó apresuradamente al presidente Trump y al vicepresidente, JD Vance, de la cena de corresponsales de la Casa Blanca, uno de los eventos élite e históricos de la prensa estadounidense. De acuerdo con reportes preliminares del Servicio Secreto, el incidente ocurrió la noche 25 de abril, cuando un sospechoso armado fue detenido dentro del perímetro de seguridad.
No hubo caos. Nadie murió, solo un agente resultó herido sin lesiones graves, el sospechoso quedó en custodia y los periodistas se convirtieron en la nota. Según autoridades, el agente fue atendido en el lugar y no requirió hospitalización, un detalle que, aunque menor, evitó que la noche terminara en tragedia. Fue casi como otro día normal en este país en el que pasa todo y no nos asusta casi nada.
No es el primer atentado contra de Trump. En poco más de dos años ha tenido tres: El primero, en julio de 2024 durante un mitin en Pensilvania, dejó a un asistente muerto y varios heridos; el segundo, en Florida, involucró a un individuo armado que fue interceptado antes de acercarse al entonces candidato, y el de Washington, D. C. fue el tercero. En los primeros dos, el sentimiento de patriotismo favoreció su popularidad. En este, la puso en jaque. ¿Qué representa esta violencia para el momento que está viviendo Estados Unidos? ¿Es la inseguridad la nueva estrategia de campaña?
Hay muchas teorías de conspiración al respecto. Que si fue un ataque planeado, que si los otros también estaban “arreglados”; que si fue un plan para recuperar la cada vez más baja tasa de popularidad del presidente; que si existe un verdadero complot para derrocar a Trump o que la prensa infiltró al enemigo. Se dice mucho. Todo especulaciones. En un ecosistema mediático marcado por la desinformación y la desconfianza institucional, estas narrativas encuentran terreno fértil y se amplifican con rapidez en redes sociales.
Empecemos por condenar la violencia. Toda. No solo aquella que ataca y mata a presidentes, políticos, candidatos o empresarios. Toda. Yo soy de un pequeño pueblo de Sonora, México, que es conocido en la historia moderna por ser la cuna de Luis Donaldo Colosio, un candidato presidencial mexicano que fue asesinado en 1994 durante su campaña. Tenía 11 años cuando ocurrió, pero su ausencia marcó la conversación política durante décadas. Nuestro mundo se sacudió y ese ataque armado es quizá la razón por la que yo, veinte años después, me convertí en periodista. Porque entendí, desde muy temprano, que la violencia también cuenta historias, pero casi siempre desde el silencio.
La violencia pone y quita del poder. Intimida. Amordaza. Censura. Desvela. Condena. Ajusta cuentas. Aterroriza. Enlutece. Duele. Y también es un síntoma de polarización. Desde noviembre de 2024, Estados Unidos se rajó. La reelección de Trump profundizó divisiones que desde entonces no han dejado de crecer. En un lado se colocan los conservadores más fieles al movimiento MAGA (Make America Great Again) liderado por el magnate republicano, y en el otro todos los demás. Nos hemos quedado sin un punto medio visible, pero no inexistente; la verdad es que en un clima político tan de extremos, el quedarse en medio te convierte en un blanco. Datos recientes del Pew Research Center muestran que la mayoría de los estadounidenses perciben al país más dividido que en cualquier otro momento de las últimas décadas.
Además, hemos, como sociedad y gobierno, desdibujado muchas líneas de la sensatez humana. Lo impensable es la nueva norma, y lo artificial se apodera de las narrativas oficiales que antes solo se veían como sarcasmo en las caricaturas de los periódicos. Ya nada es impensable, más que el sentido común. Quizá por intimidación o – reconozcámoslo en voz alta- por intención, pero se aplaude en público y se condena en murmullos. Ir en contra de algo, aunque represente ser todo por algo, es muy peligroso. En este clima, la violencia política deja de ser excepción y comienza a percibirse como una extensión del conflicto público.
La violencia nos alcanza a todos, tarde o temprano. No debería ni justificarse ni utilizarse. Hoy nos permite escribir análisis y no obituarios, pero hay muchas otras víctimas que no la cuentan y terminan en el olvido. Y mientras los disparos se confunden con copas de cristal, el verdadero peligro es que también se confundan con normalidad.
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