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Apuntes de la Diáspora | La autonomía del cuerpo

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A mi bisabuelo Francisco Cortés, a mi ​​​​​​​​abuelo

Armando Cravioto, a mi papá ​​​​​​​​Federico Segura,

médicos ejemplares.

Una de las luchas que más escandaliza del movimiento político feminista es la del derecho de las mujeres a la autonomía y decisión sobre sus cuerpos. ¿Y cómo no iba a causar polémica un tema sobre el cual el Estado, las religiones y la IP se declaran dueños plenipotenciarios? ¿Seguiremos también con el derecho humano a una muerte digna? ¿A negarnos a consumir las opciones de la industria alimentaria que generan adicción y nos enferman? ¿A decidir no identificarnos con los roles sexuales impuestos? ¿A renunciar al status que nos da consumir las etiquetas identitarias que nos proveen? El tatuaje más popular en América Latina es el logo de Nike…

​Debido al crecimiento demográfico, la IP y el Estado tuvieron que desarrollar dos cadenas de valor: proveer y producir alimento suficiente para la población y monopolizar los mercados. Desarrollaron paulatinamente métodos de producción cada vez más perversos en orden de satisfacer una demanda que ellos mismos crearon, pero que, a su vez, les llenaba los bolsillos como nunca antes. La industria alimentaria sustentada por los estudios científicos “a modo“ y un Estado permisivo de ojos cerrados necesitaron un nuevo aliado: la industria de la salud. La población estaba enfermando, esta vez, con consecuencias insospechadas y epidemias de largo plazo insostenibles.

​Una de las disrrupciones de toda retórica se da cuando se trata del cuerpo, al cuerpo siempre se le ha temido, por vehículo de vida y muerte, por la escatología y el deseo, por la indomabilidad de éste. Hemos renunciado a la autonomía de nuestros cuerpos, y hemos mitigado la angustia atacando sus síntomas con los medicamentos y terapias que la industria privada y el Estado nos proveen.

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​El ejercicio de la medicina moderna, cruza también por berenjenales similares, la medicina alópata enseña al médico a tratar el síntoma y no la causa, si bien es una practica que salva vidas y ayuda a prolongarlas, se ha utilizado como instrumento de poder y control sobre los derechos de las personas: a la salud, a la decisión de tratamiento y al conocimiento sobre su cuerpo. Por otro lado está la medicina holística, la llamaré así para abarcar un universo mucho más complejo, donde se cruzan la medicina tradicional naturista, la homeopatía, la alopatía, la acupuntura, la psicología y una serie de recursos a veces funcionales, otras un timo, que prolongan de igual forma la dependencia del cliente a productos inútiles…

Este negocio de la salud alternativa, que abarca desde alimentos milagro, super foods, sales del fondo de la antártica, dietas extravagantes, planes de ejercicio, desintoxicación, retiros espirituales, de reconexión, etcétera. También es una de las industrias que más estafa a la población. Le venden lo natural orgánico con cargo extra, el ayuno intermitente con cargo extra, todo lo que resulte en una promesa de salud y bienestar, en ser mejor al resto de los mortales que consumen chatarra y venenos. Y así, a través de un sistema u otro, nos convertimos en esclavos por endosarle el cuerpo a instituciones corruptas.

​Un médico, un sistema de salud óptimo, debería de apoyar al cliente (ya no se usa el concepto “paciente“ por obvias razones) a estudiar, comprender su padecimiento y sus causas y decidir sobre su tratamiento, las consecuencias a largo, mediano y corto plazo.

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Un médico, lejos de adoptar el rol autoritario disfrazo de displicencia, debe de empoderar al cliente en la soberanía sobre su cuerpo y la salud de éste. Otorgarle los recursos que necesite. Porque el capital de salud es el único capital real con que contamos para vivir y morir dignamente, y este capital es uno de tantos que le hemos encargado al otro, para no hacernos cargo, para no incomodarnos, un proceso inflamatorio persistente.

​Consumimos demasiado, neuróticamente, condicionados por las fórmulas dulce–salado que nos proveen, que confunden al cerebro en su sensación de saciedad y nos obligan a seguir comiendo, aderezado con ingredientes de una malignidad tremendaen fin, todo gira al rededor de esto: de parar de consumir, de reparar, de preparar en casa, de reunirnos en torno a lo que hay, de amarnos y cuidarnos sin necesidad de premiarnos cada vez que nos sentimos bien, o mal. Enfermar es parte de sanar, no sucede lo uno sin lo otro, enfermemos a gusto, sin angustia, con paciencia y cariño. Vivir y morir, sobre esto gira nuestra existencia, nuestro abismo.

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