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Apuntes de la Diáspora | Elegir contra el odio

“Estaba preparado para admitir -si hubiese tenido edad para comprenderlas- todas las máximas de derecha que me enseñaba con su conducta un viejo de izquierda: que la Verdad y la Fábula son lo mismo, que hay que representar la pasión para sentirla, que el hombre es un ser de ceremonias”.
Jean Paul Sartre, Las palabras

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Se dice que votar por un candidato u otro no hace una gran diferencia, que el teatro de la democracia es únicamente una representación de los valores aspiracionales del que vota. Que los políticos sirven únicamente a los intereses económicos que los financian y mandan. Que ningún valor legítimo les mueve más que al autoengaño de que harán un bien al pueblo.

Pero esas afirmaciones, aunque puedan aplicarse a muchos casos, no aportan a la discusión de fondo. El discurso político de la derecha se ha alejado de los matices para dar paso a la radicalización, a permitir expresiones abiertas de odio, racismo, machismo, clasismo y todos los “ismos” indeseables en el mundo que hoy habitamos. Un mundo que hemos construido como ciudadanos basados en la educación, la tolerancia, el respeto, la autocrítica y el trabajo.

Después de la Segunda Guerra Mundial quedó claro que había que encender las alarmas ante el discurso de un líder político con evidentes y claros síntomas de psicopatía representada en su retórica. Pero Hitler no hablaba únicamente por sí mismo, representaba los pensamientos que subyacían en la mente del pueblo que lo encumbró. Es decir que este sujeto dio voz al odio de muchas personas y lo convirtió en un argumento.

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El ser humano manifiesta pulsiones perversas, oscuras y destructivas, gregarias y egoístas. Su trabajo, al ser consciente de su condición existencial, consiste en buscar la mejora de sus condiciones, la empatía, el bien común, y tantos otros valores que nos caracterizan y obligan.

En todo el orbe estos discursos fascistas, que hablan desde las peores pulsiones del ser humano han tenido un alarmante auge propiciado por partidos políticos legítimos y no por ello éticos. La mentira, el descrédito, la amenaza, la injuria son armas que utilizan con alevosía y que cínicamente van repitiendo una y otra vez. Consignas peligrosas y violentas que dan cabida, en sus múltiples versiones, a la criminalización de las personas, ya sea por motivos raciales, los más, religiosos, de clase, políticos, etcétera.

Pero el argumento falaz, aunque incendiario y altamente violento, no es la respuesta ni la solución a los conflictos de la humanidad. No lo son el genocidio, la tortura, la desaparición forzada, la migración forzada, ni los muros, ni pensar que el otro es el enemigo.

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¿Por qué los políticos que claramente tienen trastornos psiquiátricos están ganando las elecciones de países fundamentales para el orden mundial?. ¿Por qué una persona que migró hace treinta años se ceba con el discurso de odio contra los migrantes y vota por Trump?, ¿Por Milei?, ¿Por Meloni?…  La respuesta es compleja, pero llega a lo más profundo de la razón del ser: El miedo.Los discursos fascistas utilizan el miedo y la ignorancia para argumentar políticas de odio, le dicen a la gente que el otro es el problema, el enemigo, el que se va a comer a sus hijos, el que le va arrancar las tripas a sus seres queridos, les va a quitar el trabajo, los va a infectar de enfermedades asquerosas, les va a quitar el privilegio, entonces ellos se convierten por una lado en la voz de un miedo humano intrínseco a la existencia, pero no por ello verdadero, y por otro, en los rescatadores de tan inminente peligro.

Ellos configuran su mensaje desde los miedos y lo prejuicios que todos tenemos. Hablan con la voz de la frustración, del hambre, la mala paga, los malos servicios de salud, reivindican que los otros nos han robado, que no somos iguales, dividen, esbozan mundos apocalípticos si no votamos por ellos. ¿Qué sería de nosotros si en el tráfico citadino pasamos de la rabia y la frustración que nos genera un conductor que nos acaba de chocar, a bajarnos del auto para golpearlo o matarlo?, ¿qué somos cuando nuestro miedo, avalado por argumentos de cualquier índole, nos permite justificar la deshumanización y los crímenes?. Abrazar la diferencia, colaborar, respetar el derecho del otro y trabajar por el bien común es la característica humana que nos obliga a la resolución de conflictos desde la paz, esa es hoy nuestra batalla histórica, no permitir que se legitime el odio y todas las injusticias que justifica.

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