Campamento migrante en Vallejo: la noche en que el desalojo no llegó

Son las tres de la mañana del viernes 20 de febrero y el campamento migrante instalado en Vallejo, en la Ciudad de México, está despierto. Nadie duerme. Las casas improvisadas, alineadas una tras otra sobre las vías inhábiles del tren, mantienen un silencio tenso.
El aviso corrió desde el día anterior: el gobierno capitalino desalojaría el lugar a las cinco de la mañana. Desde entonces, las familias decidieron mantenerse en vela.
A esa hora, algunos hombres fuman envueltos en cobijas; otras personas calientan agua para preparar café. Hay quienes cruzan palabras con los vecinos de la casa contigua al campamento, esperando que el reloj avance. Cada minuto pesa.
No están solos. Varias organizaciones civiles llegaron para acompañar a las familias y asegurarse de que, si las autoridades aparecen, se respeten sus derechos. Se organizan en pequeños grupos, reparten tareas, preparan cámaras y teléfonos para documentar cualquier intervención.
El campamento se extiende en línea recta sobre la vía muerta. Entre las piedras y la tierra hay juguetes esparcidos: legos incompletos, triciclos, peluches que alguien dejó caer.

Aquí también viven niñas y niños. Ellos tampoco duermen. Permanecen jugando en la cancha que está justo enfrente.


A las cuatro de la mañana la espera continúa. Las familias conversan afuera de sus casas y cuentan cómo se han preparado.
—“Yo fui a meter mi refri, estufa y colchones con algunos vecinos en sus casas, qué tal que quieren llevarse mis cosas”, dice una mujer que no ha cerrado los ojos en toda la noche.
—“Nosotros pondremos un candado en la puerta”, comenta otra familia.

Mientras la madrugada avanza, algunas personas explican por qué no quieren ir a los albergues que propone el gobierno capitalino. Temen que los separen de sus esposos o incluso de sus mascotas.

También hablan de discriminación. Cuentan que cuando los niños juegan en parques cercanos, algunos vecinos los corren: “Dicen que son parques para niños mexicanos”. Existe incluso, aseguran, un grupo de WhatsApp donde se quejan de su presencia. Sin embargo, no todo es hostilidad. Otros vecinos les llevan comida, los defienden en ese mismo chat y les han abierto las puertas para guardar sus pertenencias.
Un vecino relata que antes evitaba pasar por las vías por miedo a asaltos. “Desde que se instalaron ellos me siento más seguro; si pasa algo, sé que saldrían a ayudar”, afirma.
La precariedad se asoma en cada detalle. Cuando surge la necesidad más básica, ir al baño, la respuesta es directa: cubetas dentro de las casas o la gasolinera de la vuelta, donde cobran cinco pesos por usar el sanitario.
De vez en cuando, las sirenas de patrullas que rondan la zona tensan el ambiente. Algunos niños se sobresaltan. Sus madres, también al límite, les ordenan con firmeza que entren.
Dan las cinco. Luego las cinco y media. Las seis. Las siete. No llega nadie.
Un notario aparece en el lugar buscando a la persona responsable del operativo. Trae consigo un amparo que organizaciones lograron tramitar para frenar el desalojo. El recurso fue admitido con éxito. Sin embargo, el titular de Movilidad Humana de la ciudad, Temístocles Villanueva, aún no aparece.
Del otro lado del campamento se distinguen autobuses del gobierno capitalino, listos para trasladar a las personas a albergues.
A las 7:25 de la mañana, finalmente llega el funcionario. Se acerca a los medios de comunicación e informa que el desalojo no se llevará a cabo. Cinco minutos después se retira. La población migrante le grita mientras se aleja:
—“¿Por qué enfrente de los medios hablas despacito y ayer nos amenazaste?”
—“¡Cobarde!”
La tensión acumulada no desaparece de inmediato. Hay alivio, sí, pero también un sabor amargo. Algunos comienzan a pensar en buscar otro lugar donde vivir. El problema es el mismo de siempre: las rentas son altas y, al trabajar en empleos informales por su condición migratoria, no ganan lo suficiente para sostener un alquiler.
Para muchos, el retraso de las autoridades fue otra forma de violencia: horas de angustia sin dormir, jornadas laborales perdidas, niñas y niños que no fueron a la escuela. La madrugada no dejó desalojos, pero sí desgaste.
Cuando el sol termina de salir sobre las vías de Vallejo, el campamento sigue en pie. Las casas improvisadas permanecen alineadas, los juguetes aún esparcidos. La vida continúa, suspendida entre la incertidumbre y la resistencia.


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