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Empanadas colombianas, el refugio que Jennifer encontró en Tijuana tras la violencia

Jennifer Hernández encontró en las empanadas colombianas una forma de resistencia, sustento y esperanza para su familia migrante en Tijuana.

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El emprendimiento de empanadas colombianas en Tijuana se convirtió en el sustento de Jennifer Hernández y su familia, quienes escaparon de la violencia en Colombia buscando protección en la frontera norte.

Aunque la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) rechazó su solicitud de asilo, su pasión por este platillo típico y el deseo de sobrevivir las motivaron a empezar desde cero.

La empanada colombiana, tan popular como el taco en México

Jennifer Hernández, en entrevista, comparó la presencia de las empanadas en Colombia con los tacos en México.

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“La empanada es un alimento en Colombia como decir el taco aquí. Lo encuentra en cada esquina, por decirlo así”.

Reconoció que algunos mexicanos son cautelosos con la comida extranjera, pero también hay curiosidad. La comunidad donde viven ha mostrado apertura a probar nuevos sabores y conocer otras culturas.

El platillo ha evolucionado con sus ideas. Han incluido sabores como champiñones, hawaiana y ranchera para conquistar paladares locales sin perder su esencia original basada en el guiso colombiano.

La emprendedora señaló que su sazón ha conectado con muchas personas en Tijuana. Han vendido más de mil empanadas en eventos locales y recibieron buenos comentarios por el sabor, la textura y la presentación.

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Qué es la empanada colombiana

Jennifer describió que la masa se prepara con maíz trillado, lo que la hace más gruesa y dorada al freír. El relleno lleva papa, carne, guisos caseros y combinaciones con quesos y vegetales.

Resaltó que el ahogado, un sofrito de cebolla, tomate y especias, es el corazón del sabor. Esa mezcla, explicó, da identidad a la empanada y conecta con los sabores tradicionales de Colombia.

Comentó que al principio solo lograban hacer 30 empanadas en un día entero. Era una jornada agotadora para quienes no tenían experiencia en cocina, pero poco a poco aprendieron con práctica.

“La masa con la que hacemos las empanadas es netamente harina de pan, que se utiliza en Colombia. Y ya hoy estamos haciendo una transformación en esa masa que estamos utilizando maíz trillado”, abundó.

Cómo llegó Jennifer y su familia a Tijuana

En entrevista, la señora Hernández contó que vivían en Granada, Meta, una zona marcada por la violencia de grupos armados de Colombia. Tras recibir amenazas, buscaron ayuda del GAULA, quien les recomendó salir del país de inmediato.

Su familia está integrada por profesionistas, su madre además de dedicarse al comercio practicaba la docencia, su hermana es recién egresada de la carrera de psicología y ella, contadora pública.

Jennifer asume que la profesión de su madre y el hecho de siempre vivir de una manera sin excesos pero cómoda, fue el atractivo para quienes les amenazaron.

Contó que al huir, con temor primero llegaron a Paipa, Boyacá, y luego viajaron a República Dominicana. Desde allí, ella y su madre emprendieron su camino a Tijuana. Al arribar, fueron recibidas en el albergue Carmen Serdán, donde pasaron meses.

Narró que el miedo se intensificó cuando recibieron un mensaje desde Colombia advirtiendo que ya sabían dónde estaba su hermana menor así como su hijo adolescente. Eso aceleró la decisión de traer al resto de la familia.

Vivir en el albergue y el cambio de vida

La mujer colombiana contó que llegar al albergue fue impactante. Nunca antes habían vivido en condiciones de hacinamiento, ni compartido baño con desconocidos. El baño portátil fue algo totalmente nuevo y desagradable para ella.

Aunque al principio fue frustrante, después agradecieron tener un techo. Las historias que escuchaban de otros migrantes les hicieron ver que, dentro de lo duro, estaban protegidas en cierta forma.

Describió que convivir con personas de distintas nacionalidades, dialectos y costumbres fue un proceso largo de adaptación. Aun hablando español, las diferencias de comunicación eran notorias y a veces difíciles.

“Frustrante también el convivir con tanta gente que no es de tu comunidad, que no hablan como tú. Aunque hablamos español, sigue siendo muy diferente y a veces… ¿qué me quieres decir?”, explicó.

La negativa de COMAR para darles refugio

Luego de que iniciaron su proceso ante COMAR, pero a pesar de los antecedentes, su solicitud fue rechazada. Desde entonces, viven en la ciudad sin documentación migratoria.

Subrayó que esa decisión afectó especialmente a su hijo, quien quedó fuera del proceso legal. No puede estudiar, tramitar papeles ni acceder a servicios básicos. La familia vive con temor constante.

Relató que han sufrido extorsiones por parte de la policía municipal, quienes al ver que no tienen papeles, las detienen, revisan sus teléfonos y exigen dinero en efectivo para dejarlas ir.

“Nos han quitado plata obviamente los policías. Sí nos han esculcado el teléfono. Así horrible. Revisan todo, las fotos ocultas. Lo desbloquean así. Feo. Y nos hacían apagar el teléfono”.

La decisión de emprender en Tijuana

Jennifer confesó que nunca supieron cocinar ya que en su momento, su madre siempre contrató ayuda doméstica. Pero la necesidad las obligó a improvisar, ver videos y ensayar recetas hasta que lograron encontrar una fórmula propia.

Apostaron por las empanadas como punto de partida. Era algo que representaba a su país y que podía venderse en la calle o ferias. Sabían que no podían darse el lujo de fallar.

“Empezamos a ver videos por YouTube, a hacer prueba y error, a sacar la receta. Es la gracia de Dios porque no lo sabíamos hacer. Y ha gustado mucho”.

Explicó que al no tener papeles, no pudieron formalizar el negocio. Viven con la incertidumbre de que un día puedan ser detenidas o que el pequeño emprendimiento sea clausurado por las autoridades.

El cambio de vida y la adaptación a Tijuana

Indicó que el clima fue un reto. Pasar del calor tropical colombiano a los cambios extremos de la frontera afectó su salud y ánimo. Enfermarse era frecuente durante los primeros meses.

También tuvieron que adaptarse a la vida en comunidad. No estaban acostumbradas a compartir espacio con desconocidos ni a cuidar su salud entre tantas personas enfermas. Todo fue aprendizaje.

Pese a todo, la comunidad tijuanense les ofreció afecto, ahora participan en el proyecto Cocinando Autonomía de Centro 32.

Esa iniciativa les brinda orientación y un espacio de trabajo colectivo. Gracias a eso, han fortalecido su confianza y sus habilidades.

El nuevo reto para seguir adelante

La falta de documentación sigue frenando su crecimiento. Sueñan con establecer una fábrica de empanadas, distribuir a cafeterías locales y dar empleo a otras personas, pero no pueden hacerlo sin papeles.

Su hijo, quien ya terminó el bachillerato en Colombia, no ha podido ingresar a la universidad. Ver que sus compañeros avanzan mientras él está estancado ha sido una tristeza para toda la familia.

A pesar de todo, mantienen la fe. Jennifer y su familia insisten en que hay más gente buena que mala y que Tijuana ha sido una ciudad que les ha dado más de lo que esperaban.

“Siempre hay más buenos que malos, siempre, y Dios está siempre con uno. Lo único que hemos sentido acá difícil ha sido lo que es la Policía, ese grupo que se siente con poder, pero en general la gente ha sido muy bien con nosotros”, concluyó.

Autor(a)

Vivo en la frontera México y Estados Unidos. Mujer de 35 años, estudié Ciencias de la Comunicación y llevo cinco años en el periodismo abordando temas como migración, cultura y derechos humanos. En otra de mis facetas, busco contribuir al registro periodístico de la escena musical independiente que se gesta en Tijuana.

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