Mundo errante | Un mundo que aún puede cambiar
En 1994, el historiador Eric Hobsbawm se preguntaba, ¿Cómo explicar el siglo XX? Un siglo que para principios de los 1990 había vivido dos guerras mundiales y la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el bloque comunista de Europa del Este. El historiador inglés aseguraba que era el fin de una época, el de un periodo histórico coherente, y el inicio de otra que sería marcada por el siglo XX.
En 1994, desde luego, no se podía especular sobre las características del cambio. Sin embargo, se podía pensar que estaría ligado a ese siglo que quedaba atrás y que, en su última década, dejaba como herencia la idea de que el capitalismo y la democracia occidental eran el camino correcto. El neoliberalismo, como modelo económico y político del cambio global, se situó así, como el modelo a seguir ante la crisis de las ideologías.
En un mundo interconectado mediante la economía, el comercio, los mercados, la cultura…los símbolos de la economía global y el capital eran la libertad y el mercado. Las marcas se volvieron globales y los íconos se ligaban al consumo. El nuevo sentido del mundo pareció que calzaba una misma marca, usaba un mismo auto, se comunicaba mediante un mismo software e incluso pirateaba música, libros y más mediante una misma plataforma.
Hobsbawm daba cuenta que, en ese triunfo de occidente, se silenciaba y borraba todo vestigio de bando perdedor. Esto, en los hechos hizo que todo lo que se relacionara con la idea de la igualdad, la organización comunitaria, los derechos, fuera pasado por el filtro de la liberalización. Y así, encontramos que algunas libertades eran deseables y otras no, unos derechos eran viables y otros no. Por eso, en un mundo que se abría al comercio y a la circulación de mercancías, se cerraba a la libertad de las personas para transitar fronteras y buscar mejores condiciones de vida.
Hoy en día, estamos en una coyuntura de nuevo cambio de época. Ahora el cambio no va de la mano del triunfo de una ideología, una cosmovisión o un modelo a seguir. Este cambio viene de la crisis del neoliberalismo y de sus políticas que fueron llevando a la exclusión, la falta de derechos, la falta de trabajo, la falta de condiciones de vida digna.
En el marasmo de las crisis recurrentes, la recesión y una economía incapaz de resolver en favor de las mayorías, surgieron liderazgos conservadores que asumieron la crítica al neoliberalismo desde la óptica de cerrar todo. Cerrar las economías nacionales, cerrar las fronteras. Se ha ido generando una confusión y mezcla de ideología, creencias, intolerancia. Se asumen discursos de odio como una forma natural de defensa de lo nacional. Se construyen brechas que separan a las personas en lugar de reconocer la interdependencia.
Hace poco, alguien me dijo, “estamos frente a la posibilidad de la distopía, un mundo orwelliano, uno que ni Margaret Atwood pudo imaginar”. Y es que, en tiempos de crisis, el mundo cambia de manera incierta. Si saber los rumbos precisos, sin claridad de a dónde podremos llegar.
También, una colega nos hizo llegar la historia de Alisson, Franklin e Izael a la que denomina “una familia trinacional” una mamá ecuatoriana, un papá venezolano y un bebé chileno que cruzaron desde el sur hasta el norte buscando una mejor vida y se toparon con las políticas anti migrantes de Donald Trump, las carencias, los sufrimientos de cruzar por varios países y padecer políticas que asumen la migración como un zona de conflicto antes que como un derecho.
Una imagen queda presente en este texto, el pequeño Izael no sonreía, no había motivos a su cortísima edad para ello. Luego de miles de kilómetros recorridos y padecimientos asumidos como fatales, lograron un retorno asistido y días antes de salir de México, el pequeño Izael pudo sonreír.
Y esto ¿Qué nos dice? No poco. Que tenemos que asumir que el mundo cambia sin un rumbo fijo, que como aquel que despedía Hobsbawm, no tiene claridad de rumbo ni de destino. Habrá que confiar en que esto puede cambiar, que el destino puede ser mejor, con utopías y no distopías, con sonrisas y no con llantos. El siglo XXI no empezó bien, pero podemos aún cambiarlo.