Kattherina Gómez: del exilio al emprendimiento, una historia de amor, arepas y resistencia en Tijuana
Kattherina Gómez transforma su vida en Tijuana con un carrito de arepas y el sueño de emprender con dignidad.

Kattherina Gómez es una mujer colombiana que encontró en Tijuana un refugio inesperado. Aunque su destino inicial era Estados Unidos, el camino la transformó por completo.
Su historia revela la realidad compleja de miles de personas refugiadas. Con valentía, recuerda su trayecto, desde su partida forzada hasta encontrar dignidad y comunidad en tierras desconocidas.
Tijuana: un accidente bonito del destino
Cuando Kattherina Gómez llegó a México en febrero de 2024, no imaginaba que su destino final sería Tijuana. Solo quería cruzar hacia Estados Unidos.
“Yo no tenía el sueño americano, pero me tocó salir de Colombia por cuestiones de seguridad. La única opción aparente era cruzar por México”, relata.
Inicialmente, su percepción sobre Tijuana era negativa. La imaginaba como un lugar hostil. “Tijuana era el lugar más feo del mundo, sin conocerlo”, confesó con franqueza.
Sin embargo, el azar cambió su rumbo. No pudo entrar a Tijuana en su primer intento y fue detenida por migración durante horas, luego trasladada a una celda.
“Fue un accidente de Dios, pero un accidente bonito, porque yo vivo muy feliz acá”, comentó con una sonrisa que refleja gratitud por un nuevo comienzo.
El trayecto migrante: entre abusos y resiliencia
Kattherina ingresó a México por Cancún como turista, como muchos otros colombianos. Lo que siguió fue una mezcla de suerte y resistencia frente a la adversidad.
Fue detenida en el aeropuerto y llevada a un centro de detención. Durante tres días estuvo encerrada sin acceso a un abogado, pese a ser abogada de profesión. La humillación fue constante y el trato deshumanizante.
“Nos maltratan psicológicamente. Me dijeron que pidiera ayuda a mi primo Pablo Escobar”, cuenta.
Desde esa experiencia traumática, Kattherina aprendió cómo funciona el sistema. Eso le permitió finalmente llegar a Tijuana, donde reconstruye su vida con dignidad.
“Nos transportaron como animales. Tres días en un bus, sin bajarnos, con los pies inflamados. Yo pensé que no saldría de eso”, recordó con firmeza.
Entre el riesgo y la astucia: el precio de seguir adelante
Después de ser deportada a Tabasco, Kattherina Gómez enfrentó uno de los capítulos más oscuros de su travesía. Fue testigo de intentos de rapto y violencia.
“No puedes viajar al norte, ni comprar boletos. Tienes que arreglártelas como puedas o con quien sepa cómo mover las cosas”, afirmó sobre la burocracia migratoria.
Gracias a contactos logró resguardarse veinte días en una casa segura. Pero sus papeles habían vencido mientras estuvo detenida y eso complicó aún más su situación.
“Yo me camuflaba. Me corté el cabello, lo pinté de negro. Pagué mil dólares para poder volver a Tijuana. Mi familia me decía: no arriesgues más”.
Durante su detención logró pagar por regresar a Tijuana con documentación regular y así intentar ingresar a Estados Unidos, el plan dictaba que con lo pagado previamente ya contaría con las herramientas necesarias para ingresar o en su caso tener la defensa necesaria y evitar su deportación.
Dormir con miedo, despertar con esperanza
La noche en la que intentó cruzar la frontera fue la más aterradora de su vida, pero también el inicio de un nuevo camino. Kattherina Gómez sintió que su vida pendía de un hilo.
El miedo fue intenso pero breve, pues reconoció a los agentes de migración. Sabía que podía activar su plan de emergencia gracias a su experiencia previa.
Estuvo retenida, sospechaban que era coyote. Lloró, explicó su situación. Un agente creyó en ella y la conectó con un albergue que cambiaría su vida.
Con un plato de comida y un billete de doscientos pesos, empezó a ver luz, fue trasladada a un albergue que le ofreció techo, apoyo psicológico y un nuevo comienzo.
Agradecida, decidió echar raíces. “Tijuana es como ese novio feito que solo tú entiendes, pero que amas porque conoces su corazón”, expresó con convicción.
Con el paso del tiempo, Kattherina Gómez convirtió ese refugio en una plataforma. Se reconstruyó desde la dignidad que le ofreció esta ciudad fronteriza.
De la incertidumbre al emprendimiento con identidad
Kattherina Gómez entendió que su vida ya no debía estar en manos de nadie más. Decidió dejar de ser empleada y retomar el control total.
Revivió su negocio desde cero. El mismo nombre, “Boquerón”, pero ahora en Tijuana, con sabor a Colombia y corazón migrante como su principal ingrediente.
Empezó vendiendo arepas y empanadas en la calle. Más que ingresos, buscaba construir comunidad y hacerse un lugar con dignidad y trabajo.
Participó en programas de emprendimiento como Tijuana Ventures y AWEI. Su historia y talento la llevaron incluso hasta los contactos del cónsul estadounidense.
Con esfuerzo y constancia, logró obtener un apoyo de Banorte para mujeres. Fue seleccionada entre 500 participantes y recibió un donativo de 100 mil pesos.
Con ese dinero compró una calafia que convertirá en cocina móvil. Su sueño: unir sabor, cultura y migración en una experiencia única en las calles.
Hoy, Kattherina Gómez no solo vende comida. Comparte una historia de resistencia, una identidad reconstruida y una ciudad que le devolvió la fe.
De abogada a cocinera: elegir la felicidad antes que el título
Ejercer el derecho en México le requería volver a estudiar y aceptar condiciones que ya no quería repetir como empleada.
Aunque llegó a postularse para un puesto en ACNUR, reconoce que no se sintió aliviada cuando no fue seleccionada. Era una señal de su verdadero camino.
Se siente realizada al ver a otros disfrutar sus arepas y empanadas. Más que nostalgia, le motiva el intercambio cultural que provoca con cada platillo.
Una vida reconstruida con sueños que no caducan
Kattherina Gómez no descarta volver al derecho, pero hoy tiene claro que su energía está en crear empresa y crecer junto a sus hijos.
Quiere conseguir una vivienda, legalizar su situación migratoria, obtener una visa y llevar sus productos a cadenas como Walmart.
Con cada paso, demuestra que reconstruir la vida como refugiada no solo es posible, también puede ser profundamente transformador.
