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Cruzando líneas | El altar de mis ausencias

Encendí la vela y fue como si también hubiera avivado los recuerdos. No fue la luz, sino el calor, esa cera derretida que se escurre hasta llegar a los dedos y despertarlos con un dolor corto, pasajero, la que sacudió la nostalgia. No sé por qué me sorprendió tanto ese instante que pareciera tan insignificante, pero no he podido quitarme la idea de qué tan rápido se nos va la vida y qué tan eterno pareciera el olvido.

Después acomodé el papel picado. Dicen que significa el aire, el júbilo, la fiesta, lo vibrante de la vida y sus colores. El contraste. Esa gozadera que a mí me viene de nacimiento, como si esos muertos a los que hoy honro me la hubieran dejado en herencia. Y sonreí sin planearlo. Qué difícil es explicar esta complicidad que siento con los míos, aunque me los imagino más de lo que los recuerdo… ¿cuántas vidas nos gastaríamos juntos para que los sienta aquí, muy cerquita, como si los trajera siempre puestos?

Fui acomodando sus fotos una a una sobre ese mantel bordado a mano en mi México. Al centro va mi padre. Es increíble pensar que nos conocimos apenas tres años y que yo ya he vivido casi una década más que él. Lo vi ahí con su cabello frondoso y ondulado, joven, con bigote poblando y un traje setentero que me imagino que era lo último de la moda. Y lo pensé en blanco y negro. Las pocas memorias a color que tengo de él, que no sé si son reales o inventadas por mis ganas, están deslavadas, como esas fotos mal reveladas que iban perdiendo el pigmento con el tiempo. Y me dieron ansias por abrazarlo. No sé a qué olía ni cómo se sentía, no sé si tenía los brazos fuertes o si me acurrucaba con la sangre caliente. Me toca fantasear con ese rincón de la nostalgia que jamás voy a rescatar.

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Luego amontoné las demás fotografías que cada año son más. Los abuelos, los bisabuelos, la familia de cariño, los tíos, los primos y hasta Rocco, mi adorado perro. Cada uno tuvo lo suyo. Es distinto verlos en un altar de muertos, cuando los recuerdo tan nítidos en el día a día. No es lo mismo llevarle flores a sus tumbas y nichos, serios, empolvados, sobrios y grises, que a un rincón de mi casa en el que bailan sus almas. Aquí los siento, allá los velo; aquí los acaricio, allá les rezo; aquí los veo, allá los imagino; aquí se quedan conmigo, allá se pierden en el universo.

Y ahora, días después, estoy aquí poniendo los cempasúchiles y los panes de muerto, al lado del tequila, la sal y los fritos Azteca. Ya está el altar listo para recibirlos, aunque a veces me pregunto si en realidad algún día se han ido; quisiera pensar que no.

Qué bonito es saber que desde la eternidad me acompañan y que mis hijos han podido conocerles a través de esta tradición, una que adopté hasta que migré, hasta que entendí que hay cordones umbilicales con el pasado que no se osan cortar. Qué bonito es haber crecido llorando en sus tumbas y enjugarse las lágrimas con una caña de azúcar; pero más hermoso es pensar que esto también es herencia y que cuando me vaya habrá unas manitas que pondrán mi foto y me recordarán con la felicidad inmensa que me da saber que también para alguien puedo ser eterna.

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