Mundo Errante | La disyuntiva brasileña es también nuestra
Brasil enfrenta una disyuntiva que parece marcar el ritmo de América Latina. La elección como presidente entre Luiz Inácio Lula Da Silva y Flavio Bolsonaro es, al mismo tiempo, una elección entre izquierda y derecha, entre soberanía y alineamiento respecto a Estados
Unidos, entre estado de bienestar y un estado que administra la crisis.
Se pone en la palestra si los logros en los gobiernos de la izquierda progresista son suficientes para permear y sentirse entre la población, o si hay temas que se convierten en una pugna que se resuelve con la elección del “mejor postor”. Lula, por ejemplo, ha logrado tener logros como reducir el desempleo a mínimos históricos pero el tema de seguridad se resiente entre la población que parece aceptar lo que Lula
hereda, pero tiende a preferir una opción radicalizada y fundamentalista que evoca a Bukele, Noboa o de la Espriella, en El Salvador, Ecuador y Colombia.
Ese debate por la seguridad pone en duda la idea de un estado que dote de recursos y gaste presupuesto y se regresa a la vieja fórmula liberal de “reducir al Estado”, es decir gastar menos, que se privaticen servicios y actividades nacionales, además que se recorte el gasto
social. Bolsonaro, por ejemplo, apela a recortes con una “motosierra” al estilo Milei en Argentina.
La disyuntiva brasileña representa algo más que una elección en el entorno brasileño se despliega a una coyuntura regional e incluso global sobre la disputa entre izquierdas y derechas. Una pugna que ocurre, además, en un contexto de dominio norteamericano sobre
América Latina, interviniendo de maneras diversas, con actividades, discursos, advertencias, políticas arancelarias y amagos de que “se está con Trump o contra Trump”. Las recientes elecciones en la región han estado marcadas por los “favoritismos” de Trump y también de una campaña generada por consultores que ha sido asesorados por los creadores de “La derecha diario”, Javier Negré y Fernando Cerimedo.
En la narrativa de la derecha regional, se había posicionado una temática de acusar de ligas ilícitas, de errores políticos y de corrupción prominente a todos los gobiernos de las izquierdas y el progresismo latinoamericano. Esto no se contrastaba necesariamente con actores éticos y pulcros, sino, como decíamos, con una narrativa, creada desde una empresa, con uso de “granjas de bots” en redes sociales y asesoría directa a candidatos que van organizando sus programas y campañas de manera similar.
Desde luego, por años hemos venido escuchando diatribas contra la izquierda, contra gobernantes y políticos como Lula, Petro, Cristina Fernández, AMLO o Sheinbaum. La presencia de estos asesores se concentró primero en Argentina apoyando a Milei, con ligas en España vía Vox, luego avanzaron a Brasil en apoyo a los Bolsonaro, se han “instalado” con consultorías en Bolivia, Chile, México, Honduras, Colombia. La característica de su presencia ha sido dinamitar a la izquierda.
La detención por Fernando Cerimedo por intento de feminicidio, posible corrupción, lavado de dinero, narcotráfico y tráfico de influencias abrió la puerta a un área oscura de los dos prominentes asesores de la “nueva derecha” en la región para varios personajes políticos en
América Latina. Sin embargo, el peso de esta participación no cala en la gente que tiene que votar entre opciones que contrastan. Lo que está en pugna no es la ideología, sino la idea de la eficiencia.
Lula, en sus actividades maratónicas rumbo a la segunda vuelta del 25 de octubre próximo, ha dado un impulso a la reforma que propone reducción a 40 horas laborales y el reconocimiento remunerado de dos días de descanso. Pero Lula, también, ha modificado parte de su plataforma en materia de seguridad, prometiendo cambios constitucionales, la creación de un ministerio de seguridad pública, la transformación de cárceles de máxima seguridad, el uso de inteligencia y fortalecimiento de corporaciones, así como cortar el flujo
dinero y armamento a organizaciones del crimen organizado.
Mientras Bolsonaro hace de la promesa de mano dura su mayor propuesta, Lula ha definido proponer “tranquilidad para el pueblo trabajador y prisión para los bandidos”, ha articulado un discurso que justamente pone el acento en lo social por encima de lo policial, del bienestar de los trabajadores por encima de los recortes al estado. La elección en Brasil ha puesto en la mesa que la decisión entre izquierda y derecha es
apelar a mirar al futuro con bienestar o tener una distopía en el presente. La disyuntiva brasileña es también nuestra.
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