Cruzando líneas | Votar por primera vez
Hay momentos que se saborean por mucho tiempo: esos reencuentros con quereres de la vida, las graduaciones y bodas, la bienvenida de un hijo o quizá un ascenso. Para mí era votar en una patria que me adoptó muy a fuerzas. Solo tardé 20 años en que se
cumpliera. Y ese día todo salió al revés.
Votar, para mí, es un acto de amor y resistencia. Tengo años motivando a electores apáticos para ejercer su derecho. He visto el cambio: lo bonito y lo feo de la política y las campañas, que se traducen en familias que se reconstruyen con cada ciclo de democracia. Me moría por que llegara mi momento.
Tenía sentimientos encontrados al saber que en el 2024 me convertí en ciudadana solo unos días antes de las elecciones generales y no pude votar, y esta vez sentía que mi debut en la democracia estadounidense no sería tan glamuroso porque quemé mi primer cartucho en unas elecciones primarias en mira de las de medio término. Nada tan poco sexy y atractivo que eso. Pero ¡qué va!, para mí fue igual de emocionante.
Había leído y escrito tanto sobre el proceso que no me lo imaginaba así. Las elecciones en México se viven muy distinto. Aquí te dan una calcomanía y en mi otra patria te pintan el pulgar. Aquí te imprimen una boleta personalizada y la cuentan en el lugar; en México, el voto es secreto y lo tardan en contar. Aquí puedo votar donde sea; allá tengo una casilla asignada; aquí podría haber escogido llenar la boleta en casa, pero allá no existe el voto por correo. Hay tantas cosas que damos por sentado.
Cargaba con mi pasaporte en el bolsillo creyendo que eso me acreditaría, sin lugar a duda, como ciudadana. No lo necesité. Un escaneo de la licencia de conducir fue suficiente para verificar mi identidad. Qué ironía. No necesito el pasaporte para votar, pero sí para andar por la vida.
No hubo fila. Cero minutos de espera; ninguna persona antes de mí. Pero en lo que iba de un lado a otro, yo avanzaba con una mezcla de nervios y orgullo, como quien entra a una casa nueva sabiendo que todavía no conoce todos los rincones, pero ya entiende que le pertenece.
Soy una votante independiente a la que le tocó escoger un partido. Pero yo no voté por candidatos, sino por las muchas personas que nunca han tenido esa posibilidad de rellenar los círculos que defienden el futuro de un estado. También pensé en los que
me han dicho que no votan porque “nada cambia”. Pensé también en México, en su lealtad a mi memoria, en el país donde aprendí que la democracia se defiende incluso cuando incomoda.
Salir de la casilla me dejó una emoción difícil de nombrar. No fue euforia. No fue alivio ni adrenalina. Fue algo más profundo: pertenencia. Esa certeza de que ya no estaba mirando desde afuera una puerta cerrada, sino participando, aunque fuera en una primaria, en una conversación que también me nombra, me inquieta… me tiene que reflejar.
Mi primer voto en Estados Unidos no llegó como una escena perfecta. Llegó con confusión, con prisa y con esa ironía tan mía de tener que aprender el sistema en el mismo acto de usarlo. Pero quizá así son los comienzos verdaderos: torpes, imperfectos y aun así inolvidables.
Porque votar no es solo depositar una boleta. Es decir “aquí estoy”. Es reclamar lugar. Es entender que la ciudadanía no se estrena en un discurso ni en una ceremonia, sino en la decisión concreta de ejercer un derecho que a muchas nos costó años, papeles, esperas y paciencia.
Yo voté por primera vez. Y aunque todo salió al revés, al final salió justo como debía: con memoria, con convicción y con mi blusa mexicana de la suerte que me demuestra que uno no tiene que desnudarse de su identidad para ser parte de algo.
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