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Cruzando líneas | Las canchas de la vida

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Nunca he sido buena para los deportes. Educación física era la clase que más me costaba en la preparatoria y no es porque tuviera una mala condición ni fuera floja, sino porque en realidad soy un poco torpe y descoordinada. Si me hubieran calificado por los bailes, habría sido otra historia: la danza se me da muy bien. De pequeña incluso tuve una academia de hawaiano y por años fui la artista de la familia.

Irónicamente, siempre fui “seleccionada”. Quedaba en los equipos por un no sé qué, qué sé yo. Me ponía el uniforme, calentaba banca y me encantaba sentirme parte de algo, incluso sabiendo que era pésima para jugar. Así que la banca se convirtió, de cierta manera, en mi lugar seguro en momentos incómodos.

Ahora mis hijos juegan voleibol. Dos días a la semana van a un club, a veces a regañadientes, pero hacen ejercicio, conviven y se divierten por montones. Yo voy y los espero en la banca, desde ahí los avergüenzo con mis porras y mis besos al aire.
Bendita casi adolescencia, en la que mi mera presencia representa, algunos días, una afrenta.

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La semana pasada su entrenadora me “sacó” de la banca. Los papás teníamos que hacer “reta” con nuestros hijos. Ellos demostrarían cuánto han avanzado en los entrenamientos y nosotros, qué les digo, lo mucho que hemos retrocedido por los kilos extra y el tiempo.

Saqué y no la pasé. Ninguna novedad: lo mala no se me había quitado con los años. Pero cuando yo moría a carcajadas de la pena, del otro lado de la cancha había alguien aplaudiendo y dándome ánimos: Matías, mi hijo. A él mi mera presencia lo
había rebosar de orgullo.

Nunca me había fijado cuánto enseña uno con el ejemplo. Matías es igual de descoordinado que yo, pero tiene mucho más potencial: es receptivo, escucha y lo intenta.

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Al verlo así me di cuenta de por qué: lo que él tiene por dentro es mucho más valioso que cualquier técnica. Matías es un porrista natural. Celebra cada victoria, por pequeña que sea. Baila cuando algo le sale bien y aplaude para alentar a los demás cuando algo sale mal. Su energía es contagiosa. Es gracioso. Es irremediablemente optimista, como yo.

Los otros papás supieron identificar de inmediato cuál de todos esos niños era el mío.

Nos parecemos tanto: ninguno sabe sacar; recibimos las pelotas con los ojos cerrados; bailamos, festejamos, motivamos, nos divertimos y nos carcajeamos. Vemos el juego como es: un juego. Para nosotros no es una competencia, es otra cancha en la que podemos desplayarnos.

Y como todo lo convierto en una lección, dirían mis hijos, no puedo dejar de pensar en las muchas canchas de nuestra vida, y en cómo, sin quererlo ni notarlo ni intentarlo, me he convertido en la porrista de mi vida y de muchas otras más. Por eso, cuando hablo de devolverle el gozo al periodismo, lo hago desde adentro, desde esas ganas de crear comunidad, de ser equipo, de celebrar y no competir.

Recuerdo que hace más de una década, cuando estaba trabajando en las historias de los niños migrantes no acompañados que llegaban a Estados Unidos, una beca me ofreció un acompañamiento psicológico y emocional para saber en dónde colocar esos dolores y duelos ajenos. Todas las sesiones fueron para mí una delicia: sentarme a platicar con alguien que entendía el mundo distinto a mí y que, con sus palabras, me obligaba a nombrar lo mucho que siento y comparto.

Pero recuerdo también que esa psicóloga fue la primera en hablarme con esta analogía de las canchas. Ella aseguraba que mi resiliencia me hacía ver la vida como un partido de tenis, en el que yo —consciente o inconscientemente— devuelvo todas las pelotas y no dejo que ninguna se acumule en mi cancha. Mi mecanismo de defensa es el sentido del humor, y ese positivismo que a veces identifico como tóxico, pero que al final me salva de no ahogarme en pelotas. Eso, me dijo, es un superpoder.

Hoy, desde la banca, la duela, la cancha o la cabina de radio, entiendo que mi juego no es ganar a costa de otros, sino seguir devolviendo pelotas, repartir porras, y recordar que en esta vida venimos a hacer equipo, no a eliminarnos. Y ojalá eso sea mi herencia en vida.

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