Cruzando líneas | El silencio de Dolores Huerta
Ausencia, eso es el silencio. Una nada de sonido que irónicamente hace mucho ruido. No es quietud. No es paz. No es complicidad ni consuelo. Tampoco es culpa. Quizá es todo eso y más. Por eso le tememos tanto. Llenamos los vacíos como si fuera penitencia, pensando que todos los silencios son iguales, pero no, podrán parecerse, pero ninguno se repite. Cada silencio es como una cruz hecha a la medida.
Hay silencios que se comparten, que se explican con miradas o que se quedan en la historia como si esas pausas marcaran la partitura de la vida. Hay otros que se encierran hasta podrirse. No se hablan, pero se delatan. Así fue el silencio de Dolores Huerta.
A sus 95 años, Dolores lo rompió; quizá la obligó la conciencia o la presión. No sé. Su silencio se coció a fuego lento por décadas. Se oxidó. Y ahora se expone como en un grito: ensordecedor, escandaloso, incómodo y añejado. Fue uno de esos silencios que tiemblan y salen a la fuerza, tal vez demasiado tarde.
Los silencios también son generacionales. Hubo tiempos en los que los secretos se corrían en murmullos y de nada se hablaba en voz alta. Había silencios impuestos, muchos; todavía los hay. Y también se multiplicaban las mordazas internas, las censuras sociales, los sacrificios por la causa, las palabras ajenas que podían derrocar a un ídolo o un sistema… algo así como un ruido blanco que podría convertir un movimiento en una marejada.
También hay silencios de conveniencia. O de luto. O de duelo. O de amor. O de despechos. Hay muchos, de todos. Personales. Colectivos. Pero ¿qué los rompe?
Un grito. Unas sílabas. Un puchero. Una historia. Una lágrima. Una carcajada. Un suspiro. Una erupción. Un cauce. Una lluvia. El claxon. Un parlante. El micrófono.
El ruido.
Las memorias son ruidosas y poderosas. Despiertan. Si se acallan, condenan.
Dolores rompió muchos silencios. Sí se puede, claro; pero siempre ajenos. Hasta este.
No hay complicidad que aguante más de dos silencios. Aquí había más, tres al menos, pero con la estática de otra docena que podrían chillar. Me duelen todos, pero más el de ella; porque, aunque lo entiendo, me cala.
Hoy sumo un silencio más porque de nada sirve opinar. Hay silencios también que no se rompen porque nos faltan palabras, porque las sienes palpitan y no nos dejan escuchar más allá. Mis pensamientos son todavía un susurro que hoy no rompe nada, pero mañana podría destrozarlo todo.
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