Cruzando líneas | El mundo en el que vivimos
Estoy exhausta, abrumada, harta. Esa fue la respuesta de una amiga muy querida, periodista también, después de un largo abrazo y el saludo de beso que nos dimos tras meses de no vernos. Por lo general, después del típico ¿cómo estás?, llega el clásico bien, pero ya no. Las conversaciones que antes eran triviales ahora se han vuelto intensas. Este nuevo mundo que vivimos nos agota y no nos queda más remedio que admitirlo en voz alta.
Desde la pandemia nada ha sido igual. Esa crisis de salud mundial nos forzó a encerrarnos, pero el aislamiento solo liberó muchos demonios internos que habíamos adormecido con la rutina y las prisas diarias. De ahí, el mundo pareció acelerar hacia un apocalipsis moderno, uno que antes veíamos como lejano y ajeno, y ahora nos sacude la conciencia en casa: Trump, Maduro, el Mencho, Alex Pretti, Renee Good, redadas, fosas, Epstein, bombardeos, Irán, Palestina, Gaza, Israel, la pobreza, el hambre… la impotencia. La lista podría alargarse hasta el final de esta columna.
Es como si la realidad nos atacara de todos los frentes y trajéramos un escudo de plástico frente a las embestidas afiladas. Es como si el mundo en el que vivimos quisiera comenzar un nuevo proceso de evolución sin nosotros. Qué duro imaginar que la naturaleza quisiera un Big Bang para deshacerse de estos humanos que no supieron qué hacer con ella.
El problema no es solo la adversidad o esta cuesta arriba que recorremos todos los días mientras deslizamos los dedos en pantallas que nos atrapan. La cuestión es que estamos perdiendo esa capacidad de asombro, la curiosidad y la magia, mientras recuperamos —o atizamos— el cinismo, la indiferencia y el hartazgo. En un mundo donde la tecnología nos enlaza, al final del día lo único que queremos es desconectarnos.
¿Es la desconexión el antídoto para la realidad? No lo sé. No lo creo.
El calor del abrazo de mi amiga me hizo sentir confortada, como si hubiera llegado a una cabaña calientita después de una tormenta invernal. Fue como sentarse frente a una chimenea y ver cómo las palabras y las carcajadas esporádicas nos iban descongelando esos caparazones que nos ponemos para hacerle frente a la rudeza del mundo. Ese detenerse un momento para estar cerquita de ella, en medio de una avalancha de prisas, responsabilidades y pendientes, me hizo recordar también lo valioso que es que vivamos al mismo tiempo en este mundo tan jodido.
Y me doy cuenta de que esos son los momentos que nos mantienen fuertes: los esporádicos, los espontáneos, los instantáneos, los más humanos, los de la crudeza del ser y la complicidad; esos en los que dejamos de ser para estar. Tengo muchos de esos en casa, con mis hijos, con las personas a las que amo, con las videollamadas o los mensajes de texto cariñosos a distancia, con algunas reacciones en las redes sociales, con el nuevo lenguaje digital del amor o con las conexiones de internet inestables que nos obligan a buscar conversaciones análogas.
El mundo en el que vivimos pareciera, a veces, irse al infierno; pero vale la pena habitarlo solo por coleccionar esos momentos. Me despedí de mi amiga con una sonrisa gigante, con un rubor en las mejillas que te da el saberse querida y con una esperanza que tres horas antes se sentía muy lejana. Ella también se veía fantástica, como si hubiera entrado al restaurante como un televisor en blanco y negro y hubiera salido a color y en alta definición. Ese es el poder que tenemos los humanos. Unos destruyen y otros, desde acá, construimos.
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