Mundo Errante | Furia sin sentido
En una compilación de textos sobre análisis internacional desde una perspectiva de largo plazo, el sociólogo Immanel Wallerstein planteaba que la mayor amenaza para Estados Unidos “para su libertad, su seguridad, su futuro” era Estados Unidos.
Esto lo comentaba después de 2001, en plena campaña de George W. Bush contra el terrorismo, un momento que como el mismo Wallerstein apuntaba, Estados Unidos pensaba que lo único que necesitaba era mostrar músculo, ir sin acuerdos multilaterales, apoyarse en aliados decididos y no vacilantes para enfrentar a nuevos “enemigos”.
La lucha contra el terrorismo les dio a los conservadores el pretexto ideal para delimitar estos nuevos enemigos, blindar las fronteras y en aquel momento invadir Irak.
A la par, la potencia estadounidense fue alejándose de Europa y se situó en una crisis económica profunda. Ante ello, buscó poner el poderío militar por delante.
Se trataba de un proceso que buscaba poner a Estados Unidos en alza en medio de un declive hegemónico que sigue arrastrando hasta hoy.
20 años después, Estados Unidos ha decidido, de la mano de Israel, bombardear a Irán. Lo hace en un contexto de escalada de una política agresiva que se opone (o al menos se sugiere así para sacar provecho) a la arquitectura institucional internacional y ha planteado como debe comportarse el mundo ante sus intereses.
Basta recordar el discurso en septiembre pasado donde Donald Trump, hoy nuevo adalid de la hegemonía estadounidense, rompió con todo los moldes de la diplomacia y en una maniobra, que ya ahora sabemos es cotidiana, de auto elogio, sugirió que su labor como mandatario es más relevante que la de las Naciones Unidas, que ha logrado acabar con 7 guerras en el mundo, planteó ahí su plan para Gaza, que lanzaría unos meses después con una ONU paralela, y anticipó una solución para el conflicto entre Rusia y Ucrania.
Después, el presidente norteamericano mandaría buques de guerra que permanecen estacionados en el caribe frente a Venezuela, para no permitir que salieran barcos que supuestamente llevaban droga. A esto se sumó el despliegue de equipos de fuerzas especiales, aviones y helicópteros que realizaron una operación militar que el 3 de enero de este año capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro.
La operación militar no tuvo una respuesta de la milicia venezolana, más bien lo que siguió fue la designación de un gobierno que sin dejar el chavismo señaló que buscaba “trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco de la legalidad internacional y fortalezca una convivencia comunitaria duradera” con Estados Unidos.
El bombardeo conjunto estadounidense-israelí a Irán se mueve entre las usuales formas estadounidenses para imponer por fuerza su hegemonía y controlar recursos varios o imponer gobiernos. Se suma a esto una forma específica de la actual administración Trump, pegar para luego tender la mano.
Los bombardeos causaron la muerte del líder religioso y político del estado iraní, Ali Jamenei, los cálculos de personajes del gobierno estadunidense apuntan a que luego de la resistencia, la transición de liderazgo lleve a un interlocutor que esté dispuesto, como en Venezuela, a la cooperación y el entendimiento con Estados Unidos aunque no cambie el régimen político. Trump, quizás por ello, aunque ha advertido que la campaña contra Irán durará un mes o lo que se necesario, a la par que abrió las puertas a negociaciones.
La intervención militar conjunta contra Irán, sin embargo, no se limita a ese territorio, alcanza a otros países árabes, en especial Líbano y Siria, pero puede tener repercusiones más allá, como ya ocurrió con los misiles iraníes hacia una base de Gran Bretaña en Chipre.
Se ha dicho que Estados Unidos e Israel aprovecharon la debilidad del régimen iraní, en una coyuntura precisa más allá de cualquier justificación increíble sobre armamento nuclear o amenazas serias para ambos.
Como efecto colateral, o definido, parecen buscar adhesiones en tiempos electorales para posicionarse en sus respectivas contiendas internas.
El panorama que se vislumbra es el de una resistencia iraní a la par de bombardeos, la pugna porlos pasos comerciales en el Golfo, como el Estrecho de Ormuz, y ya cada vez la definida claridad de que la guerra no fue por las armas ocultas si no por beneficios políticos para la alianza Trump- Netanyahu.
En medio de la guerra habrá que mantener la esperanza de que aún hay salidas diferentes a las de la furia sin sentido.
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