MPP: Un error que el Estado mexicano no puede repetir
La historia de las políticas migratorias en la región está marcada por capítulos de profunda crueldad, pero pocos tan oscuros como los Protocolos de Protección a Migrantes (MPP) o “Quédate en México”. Desde su primera implementación, en 2019, hemos documentado que este programa no es —y nunca fue— una medida de protección. En realidad, fue un mecanismo de deshumanización que externalizó la frontera estadounidense a costa de la seguridad y la vida de miles de personas. Hoy, ante los rumores y presiones para su reimplementación, México se encuentra en una encrucijada moral: o reafirma su soberanía y compromiso con los derechos humanos, o se convierte nuevamente en el patio trasero de una política de exclusión.
El balance de las ediciones anteriores del MPP es devastador. No hablamos de meras cifras estadísticas, sino de familias fracturadas, mujeres violentadas y niñez obligadaa esperar en ciudades fronterizas donde el crimen organizado dicta las reglas. Desde el Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI) hemos sido enfáticas: “Quédate en México” es una violación sistemática al principio de no devolución y al derecho universal al asilo. Al aceptar que personas con necesidades de protección internacional esperen su proceso en nuestro territorio, el Estado mexicano no solo asume una carga administrativa que no le corresponde, sino que se vuelve cómplice de un sistema que garantiza el fracaso de las solicitudes de asilo. Las cifras no mienten: menos del 1% de las personas bajo MPP lograron obtener protección internacional, principalmente debido a la imposibilidad de acceder a una defensa legal digna desde este lado de la frontera.
Para las mujeres, el “Quédate en México” representa y representó un peligro diferenciado y exacerbado. Como lo hemos documentado, las mujeres y las niñas en la frontera norte son blancos prioritarios para las redes de trata, el secuestro y la violencia sexual. Al obligarlas a permanecer en limbos jurídicos y geográficos, el Estado mexicano falta a su deber de protección y a las convenciones internacionales, como la de Belém do Pará, que lo obligan a prevenir todas las formas de violencia contra las mujeres. No se puede hablar de una “política migratoria humanista” mientras se permite que miles de mujeres sean empujadas a vivir en campamentos improvisados o albergues saturados, sin acceso a servicios de salud reproductiva ni seguridad básica.
Es fundamental desmitificar la idea de que México tiene la capacidad de gestionar este programa “de manera humanitaria”. La experiencia nos ha enseñado que no hay recursos suficientes ni voluntad política que alcance para mitigar la violencia estructural de la frontera. El informe “En la boca del lobo” lo dejó claro, por lo que aceptar nuevamente MPP es enviar a las personas directamente a las garras de la precariedad y el abuso. Además, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ya ha dado pasos importantes al reconocer las omisiones del Estado en la protección de estas poblaciones; ignorar estos precedentes sería un retroceso inaceptable.
La administración actual, encabezada por Claudia Sheinbaum, tiene la oportunidad histórica de romper con esta inercia de subordinación. No se puede ceder ante la retórica de seguridad nacional de Estados Unidos cuando esta implica el sacrificio de vidas humanas. México no debe aceptar ser un campo de espera indefinido. La soberanía nacional no se defiende militarizando las fronteras para cumplir agendas ajenas, sino garantizando que nuestro territorio no sea el escenario de una crisis humanitaria fabricada.
Reinstalar “Quédate en México” sería validar la idea de que los derechos humanos son negociables o que el derecho al asilo es un privilegio para unas pocas personas. Como sociedad civil y como nación, debemos exigir que el gobierno mexicano rechace categóricamente cualquier intento de revivir este protocolo. La respuesta ante la migración no debe ser la externalización de la frontera ni el encierro, sino la creación de vías regulares, seguras y, sobre todo, humanas. México no puede volver a ser el carcelero de quienes solo buscan protección. Es hora de decir, con firmeza y sin ambigüedades: no al MPP, no al olvido y no a la complicidad con la crueldad.