Mundo errante | México, entre el desencanto y la esperanza
Durante la década de los 1980, el neoliberalismo se instaló en el imaginario mexicano como la manera de renovar a un Estado bajo el asedio de la falta de credibilidad. A la par de una breve apertura democrática que dotó al régimen priista de cierta legitimidad para promover una apertura y prometer la llegada al primer mundo.
El neoliberalismo creo condiciones sociales y políticas que permitieron una alternancia limitada dentro de los marcos del mercado con gobiernos afines al dogma neoliberal más allá de los colores e ideologías.
En este contexto, el Estado mexicano después de la década de 1970 fue sometido a una transformación radical desde los gobiernos que implementaron las políticas neoliberales como una forma de atender los problemas de la economía surgidos por la crisis petrolera y la crisis de la deuda que afectó al país durante los primeros años de los 1980 y que siguieron en la década de los 1990.
Sortear la crisis económica hizo que el estado mexicano, en el nuevo siglo, atendiera de alguna manera los costos sociales que aquella provocó. Los gobiernos neoliberales reorientaron el sentido social del estado a una procuración asistencial que buscó paliar los efectos negativos del libre comercio (falta de empleo, pobreza, carencias en alimentación, salud, educación).
El estado mexicano cambiará su faz de manera vertiginosa. La inserción en la economía globalizada caminó de la mano con gobiernos de la alternancia envueltos en la gestión de la crisis, la inseguridad y los beneficios prontos y limitados a una elite económica. El país vivió una catástrofe por la inseguridad, la violencia y la falta de desarrollo económico.
El desencanto democrático que se gestó durante los gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y luego con Enrique Peña dividieron al país en dos, en un contexto de estrategia política de guerra (el privilegio de la seguridad frente al crimen organizado) que disimulaba la estrategia económica frente a la crisis. En estos años, cerca de 80 mil víctimas, entre muertos y desaparecidos, aumento de feminicidios en un 200% y la constante de ataques contra la libertad de expresión parecían una ratificación del desencanto.
En la última década, este desencanto pareció dirigirse hacia una necesidad de regeneración de la sociedad, a una necesidad estructural de una política de estado que transforme realmente el sistema político y de justicia del país luego de que fuera la indignación popular el símbolo de la crisis nacional que cuestionaba a la democracia, donde se condensaba el dolor, la rabia y la esperanza de la nación para poner un límite ante la violencia lacerante, las desapariciones forzadas en México, las instituciones corruptas y la impunidad.
Con este largo preámbulo, pienso que las acciones en materia de seguridad del pasado domingo, para enfrentar a un cártel de la droga y a su líder visible, pueden leerse como un regreso a una estrategia de confrontación fallida frente al crimen organizado, como una imposición desde fuera (EUA) o bien como una estrategia de posicionamiento frente a las demandas del gobierno norteamericano y sus presiones en materia de seguridad, migración y comercio.
La presidenta de México Claudia Sheinbaum, hasta ahora ha logrado sortear estas presiones en una especie de tregua que oscila entre el entendimiento y la cooperación entre México y Estados Unidos, a la par de un discurso de defensa de la soberanía que resulta bandera de la negociación con su homólogo norteamericano, la no sumisión.
En todo este proceso el mandatario norteamericano ha planteado que el entendimiento es porque se garantiza el combate al fentanilo y asuntos comerciales que van de la mano de la negociación del tratado de libre comercio. El equilibrio en el ejercicio de la relación de México con el gobierno de Estados Unidos se mezclan el pragmatismo y la incertidumbre por el rumbo en tiempos convulsos, en que las formas de la dependencia se están condicionando a las demandas del norte.
El gobierno de México ha mantenido una posición privilegiada frente a Estados Unidos y ha jugado una carta que apuesta a mantener la soberanía y la economía en tiempos de un nuevo imperialismo proteccionista, incluso con el riesgo que ello implica para la imagen del gobierno de la transformación.
Habrá que esperar los efectos de la estrategia y que esta sea parte de una arquitectura institucional para cambiar o sustituir al antiguo régimen, para cambiar el desencanto por esperanza.
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