Cruzando líneas | El lado bueno del Conejo Malo
Bad Bunny fue para mí un gusto adquirido que pasó de ser un placer culposo para convertirse en un playlist en repeat. Yo tampoco entendía la fascinación con su música, porque -aunque no es ningún secreto que me encanta el reguetón- siempre prefería el “viejito”, ese que te hacía mover las caderas sin llegar a ser perreo. A Benito, la verdad, no le entendía. Ahora hablo inglés, español y Conejo Malo.
En el 2020, Bad Bunny lanzó “Yo perreo sola”. Yo estaba en un entrenamiento de periodistas de la Ciudad de México y mis colegas enloquecieron con el debut de una canción que se convertiría en un himno feminista. Ese fue el momento que comencé a “saborearme” no la música en sí, sino lo mucho que representaba. Entendí el fenómeno de Benito a través de sus ojos, la curiosidad, sus reclamos, las identidades que desnudaba y ese ownership que da sentirse vista. Sin quererlo, mi amiga Astrid me mostró el lado bueno del conejo. Y así su música me ha acompañado desde la pandemia hasta hoy.
Cuando vi a Benito en el escenario del medio tiempo en el Super Bowl se me hizo un nudo en la garganta. Sentí algo en el estómago como cuando la emoción no sabe en dónde acomodarse. No era en sí su música lo que me conmovió tanto, sino todo lo que ese espectáculo representa, algo que nosotros los latinos hemos celebrado en las sombras por tantas generaciones, en una patria que consideramos prestada, pero que por fin nos ve y nos celebra sin traducción.
En 13 minutos, Bad Bunny logró lo que muchos pensaron imposible: más de 130 millones de personas pararon sus vidas para aplaudirle, para bailar, para aprovechar que esa fiesta latina tan cargada de momentos icónicos, era solo un ratico. Hubo tanto simbolismo, que creo que miles hemos vuelto a ver esa presentación para descubrir más matices y mensajes que nos conectan con una identidad que ese día no le tuvimos que explicar a nadie.
Ese domingo, por un corto instante, todos fuimos latinos, americanos, sin disculpas ni acrobacias, sin justificaciones. Bad Bunny nos cantó a nosotros, los que hablamos su idioma, los que vamos a bodas y quinceañeras, los que cruzamos fronteras, los que vivimos en el continente… pero también dio muchas lecciones, en medio de las canciones de protesta y las de celebración.
Nos recordó que el español no es traducción de nada, que puede convertirse en un espectáculo global sin pedir permiso ni subtítulos.
Y, sobre todo, Bad Bunny lo hizo desde la perspectiva del amor, sí, del amor propio, del amor por la isla, por la patria, por los muchos países que conforman América y la engrandecen de verdad, por el amor a la música y el espectáculo, al español y a las contradicciones latinas; por amor al deporte y al aire, a la mezcla entre culturas, a la comida y el día a día. Lo hizo desde el amor, desde la celebración, desde el poder, desde las ganas de demostrar que somos muy bonitos.
Tal vez por eso, cuando terminó el show, no sentí que se apagaba el escenario, sino que se encendía un espejo en el que, por fin, nos vimos completos; un espejo de belleza y no de miseria.
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