Cuando el odio avanza, la comunidad responde
Esta opinión fue escrita por Angelina Barrera, miembro de CREALatinX, organización dedicada a empoderar a la comunidad hispana en los Estados Unidos mediante el reconocimiento y la celebración de sus logros.
Vivimos tiempos complejos. La incertidumbre política, la falta de liderazgo empático y una retórica antimigrante cada vez más estridente en los Estados Unidos han generado un clima de tensión que impacta de manera directa a la comunidad hispana. No es una percepción aislada: se siente en las conversaciones cotidianas, en las aulas, en los centros de trabajo y en las calles. Frente a este panorama, la pregunta no es si el odio existe, sino cómo decidimos responder ante él.
La historia nos ha enseñado que el odio avanza cuando encuentra silencio y miedo. Pero también nos ha demostrado algo aún más poderoso: cuando ese odio intenta imponerse, la comunidad responde. Y lo hace con organización, con solidaridad, con educación y con valores profundamente arraigados en nuestra identidad colectiva.
Hoy, más que nunca, es urgente fortalecer el sentido de unidad. La comunidad hispana no es homogénea, pero comparte principios que nos unen: el valor de la familia, el trabajo digno, la educación como motor de cambio y la convicción de que la justicia social no es un privilegio, sino un derecho. Estos valores son nuestra mayor herramienta para contrarrestar discursos que buscan dividir, estigmatizar y deshumanizar.
La retórica anti inmigrante no solo afecta a quienes cruzaron una frontera; impacta a generaciones enteras nacidas y criadas en este país, a estudiantes, trabajadores, emprendedores y familias que sostienen comunidades enteras. Por eso, responder no significa únicamente defenderse, sino reafirmar quiénes somos y cuál es el país que queremos construir. Porque cuando el odio avanza, la comunidad responde con dignidad.
Lo estamos viendo. Marchas pacíficas, organizaciones comunitarias fortalecidas, redes de apoyo legal y educativo, iglesias y escuelas abiertas como espacios seguros.
Comunidades enteras movilizándose para acompañar a familias migrantes, para informar sobre derechos, para ofrecer recursos y para recordarnos que nadie está solo. Esta respuesta colectiva no es espontánea: es el resultado de años de resistencia, de aprendizaje y de alianzas construidas con paciencia.
La fuerza de una comunidad unida tiene un impacto real en los cambios que están por venir. Las transformaciones profundas no ocurren de la noche a la mañana, pero comienzan cuando cada persona decide aportar desde su trinchera.
Quienes enseñan, educan. Quienes informan, concientizan. Quienes organizan, movilizan. Quienes escuchan, sanan. Todas estas acciones, por pequeñas que parezcan, suman y multiplican.
Es fundamental también rechazar las etiquetas negativas que se intentan imponer sobre la comunidad hispana. No somos una amenaza; somos una fuerza que construye. No somos un problema; somos parte de la solución. Nuestra historia en los Estados Unidos está marcada por contribuciones económicas, culturales y sociales que han enriquecido al país en todos los niveles.
Permitir que una narrativa de odio defina nuestra identidad sería renunciar a esa historia y a nuestro futuro.
La resiliencia es parte de nuestro ADN colectivo. Hemos salido adelante en tiempos de crisis económicas, sociales y políticas. Hemos transformado el dolor en acción y la exclusión en organización. Aunque a veces parezca que no hay progreso inmediato, el mundo nos está observando. Cada acto de solidaridad, cada alianza comunitaria, cada espacio ganado para el diálogo deja una huella.
En este contexto, la educación juega un papel central. Educar no es solo transmitir información; es formar conciencia crítica, promover la empatía y sembrar esperanza. En tiempos de retórica antiinmigrante, educar es un acto de resistencia y de amor. Es preparar a las nuevas generaciones para que no repitan los discursos del odio, sino que construyan puentes donde otros levantan muros.
Los cambios toman tiempo, sí. Pero el tiempo también se construye con decisiones diarias. Somos responsables de nuestro propio futuro, y ese futuro se fortalece cuando caminamos juntos. La invitación es clara: no bajar los brazos, no normalizar la injusticia y no permitir que el miedo nos paralice.
Cuando el odio avanza, la comunidad responde.
Responde con unión, con educación y con valores. Responde recordando que juntos somos más fuertes y que, una vez más, saldremos adelante. El cambio no solo es posible: ya está en marcha, y cada uno de nosotros forma parte de él.
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