Cruzando líneas | El gozo migrante como un acto de resistencia
El 2025 ha sido un año de alzar los brazos mientras la montaña rusa nos sacude de un lado a otro. La cuesta arriba se siente lenta, intimidante y dolorosa; las bajadas son peores: cortas, devastadoras, aceleradas y peligrosas. No ha habido tregua y este sube y baja nos tiene exhaustos. A veces nos dan ganas de parar el mundo y de bajarnos, pero la adrenalina nos mantiene ahí. No es solo eso, sino también esa pasión que nos consume como periodistas, esa misión de servir que no podemos ignorar, esas ganas de correr al peligro incluso cuando sabemos que nos puede devorar, pero ¿hasta dónde y hasta cuándo?
Este año he recorrido la frontera y el país con un blanco en la espalda: soy migrante, latina, hablo español, tengo un acento marcado y soy contadora de historias. Represento mucho de lo que a este país le duele. Soy lo que algunos quisieran borrar en un chasquido. Soy lo que por décadas y administraciones se ha relegado a las sombras, pero que se resiste a quedarse ahí. Soy, somos y seremos luz. Nada nos apaga.
Este año lo más valiente que he hecho es resistir. Lo hago desde la esperanza, el gozo y esa maldita resiliencia que nos hace florecer en las crisis. El 2026 será igual o peor. Estaremos exhaustos y sé que habrá momentos en los que el cansancio nos hará bajar la guardia. Pero estaremos. No me asusta, me emociona. Remendar es uno de nuestros mejores secretos.
El 2026 será el año en donde los ataques migratorios y contra el periodismo comunitario sean tratados con la misma urgencia que las emergencias de los desastres naturales.
Nosotros, los periodistas migrantes en primera fila, las organizaciones que sirven a recién llegados o familias que tienen generaciones en este país, pero tienen un pie aquí y otro en cualquier lugar, dejaremos de ser los únicos al frente de una batalla, porque nos unirá el coraje colectivo de reclamar lo que nos pertenece: la democracia, la tierra y el derecho a la dignidad. Todos a los que nos dieron por sentado o a los que nos ignoraron, seremos un ejército, pero no uno que se levanta en armas, sino que construye desde el gozo y no desde la rabia.
Será una resistencia poderosa, de las que no se doblegan ante amenazas ni se dejan seducir por promesas vacías, sino que se planta y sigue, porque sabe que rendirse es dejar que una vez más los otros decidan.
En 2026, remangaremos las camisas manchadas de polvo y sudor, volveremos a las comunidades análogos, con cafecitos humeantes, listos para escuchar, para fallar de nuevo si hace falta, para ser esa luz que no promete paraíso, pero sí un paso más adelante para seguir avanzando en un camino que la política se empeña en empedrarnos.
¡Feliz año nuevo!
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