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Cruzando líneas | Santana: El regalo de la ausencia

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Mi papá murió cuando yo tenía tres años. La verdad, lo recuerdo poco, pero siento algo aquí, en el pecho, que me hace creer que lo viví todo… completo. Era abogado de profesión y músico de vocación. Tocaba la guitarra y cantaba; dicen que era el alma de la fiesta. Quizá de ahí heredé mis propias habilidades de karaoke, o para contar charras, y esa manía bendita de disfrutar cada acorde. Me imagino que así conquistó a mi mamá.

A la Mary le hizo muchas promesas antes de morir: que le sería eterno, que irían a Italia y que bailarían juntos con Carlos Santana. Pero todo quedó suspendido cuando el infarto los sorprendió. Las carcajadas se convirtieron en lágrimas, en un duelo impuesto e irreversible. Esos sueños de darle la vuelta al mundo se quedaron como recuerdos imaginarios que uno no sabe si de verdad existieron, o si las ganas los guardaron en la conciencia.

Los momentos que mi mamá y mi papá se saborearon juntos se fueron archivando en el álbum de cosas por hacer, que la vida, la crianza y las muchas realidades de la viudez cubrieron de polvo. Lo que se veía posible cuando él vivía se convirtió en una fantasía que consolaba en los días difíciles y dolía cuando el mundo se empeñaba en mostrar lo imposible. Pero Dios, o el destino, tiene maneras muy extrañas de manifestarse, y ahí es donde entramos mi hermano y yo.

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El “Richita”, mi hermano y el hijo mayor, es igualito a mi papá, pero en una versión, digamos, aumentada y traviesa. En él mi mamá puede verlo siempre, y se le nota en los ojos el amor, la complicidad y el orgullo, incluso en los momentos más duros. En él revive un sueño que tuvieron juntos y que cobró vida. Mi hermano es la promesa de la eternidad. A mí me tocó el resto.

Yo creo que me parezco más a ella, excepto en lo juiciosa. Tengo mucho de mi papá en la esencia y esa conexión extraña que nos cobija en los sueños. Quizá por eso he tenido la fortuna de ir cumpliendo, en compañía y cercanía, las otras promesas. Hace un par de años la tomé de la mano cuando juntas pisamos Italia y ella se atragantaba de sentimiento, emoción y lágrimas. Cuando se reconoció ahí, parada en Roma, en El Vaticano, en la Fontana de Trevi, sé que vio a mi papá en esa hija un poco loca y atrabancada que cruza océanos con ella porque sabe cuánto significa ese instante, y los que vendrían.

Hace menos de una semana, mi mamá y yo viajamos a Las Vegas para cumplir la tercera promesa. Ella se fundió con el recuerdo de su gran amor en un concierto de Carlos Santana, y ni nos necesitó a nosotros para viajar en el tiempo a esos días de preparatoria cuando un exnovio le dedicaba canciones que ya no están ni en el repertorio del famoso guitarrista, pero sí todas las notas que mi papá rascaba con pasión en las fogatas. Ahí solo fui testigo y cómplice.

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Logré que se encontraran en una noche a través de la música y los momentos que habían quedado en pausa. Y lo disfruté quizá más que ellos, porque los vi con consciencia y se me refrescó la memoria infantil de sus secretos, bailes y carcajadas. En realidad, el regalo del concierto de Santana fue para mí.

¿Quién más ha tenido la suerte de cumplir promesas ajenas y descubrir que son regalos que la ausencia nos deja para abrirlos poco a poco? Quizá todo era parte de un plan divino de él para recordarnos lo mucho que nos ama desde lo eterno.

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