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Migrar desde otras identidades

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Por. Ariadna González Vega, área psicosocial, Instituto para las Mujeres en la Migración, AC (IMUMI).

Hablar de migración es hablar de diversidad. Es reconocer que detrás de cada movimiento hay una persona con una historia única, con necesidades específicas y con identidades diversas. Migrar nunca es un acto neutral. Implica una serie de decisiones que, en muchos casos, responden a la necesidad urgente de sobrevivir en un entorno que no permite vivir con
dignidad.

Desde el Instituto para las Mujeres en la Migración, AC (IMUMI) consideramos fundamental visibilizar a las mujeres que forman parte de las disidencias sexuales —lesbianas, bisexuales, pansexuales, trans, entre otras— cuyas experiencias migratorias suelen estar atravesadas por múltiples formas de violencia y exclusión. Para ellas, el desplazamiento no responde
únicamente a razones económicas o sociopolíticas, sino que suele ser una estrategia de supervivencia frente a contextos marcados por el rechazo, la violencia y la negación de sus derechos más básicos.

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Estas mujeres, en toda su diversidad, comparten una realidad común: ser disidentes en un mundo estructurado por normas patriarcales, heteronormadas y cisnormativas. Aunque sus trayectorias son distintas, todas enfrentan un sistema que castiga la diferencia y limita la posibilidad de vivir una vida plena y libre.

En muchos países, la disidencia sexual no solo es mal vista por razones religiosas o políticas, sino que además es perseguida y criminalizada. En contextos donde imperan la impunidad, el y la violencia estructural, las mujeres disidentes sexuales pueden ser blanco de explotación por parte del crimen organizado, o víctimas de delitos de odio que no son hechos aislados, sino expresiones sistemáticas de una violencia que se extiende desde lo íntimo hasta lo institucional. Para muchas, el entorno familiar o comunitario —que debería ser espacio de protección— se convierte en un lugar hostil o de castigo. Esto se agrava cuando se les niegan derechos fundamentales como la salud, la educación o el trabajo. En estos casos, migrar no es solo cruzar una frontera: es buscar la posibilidad de vivir.

Sin embargo, la migración no garantiza una vida libre de violencia. En el tránsito o en los países de destino, estas mujeres enfrentan nuevos riesgos: discriminación por ser migrantes, extranjeras, mujeres y por su identidad sexo-genérica. Por eso, es indispensable hablar de ellas desde un enfoque interseccional. Como señala la teórica feminista decolonial Yuderkys
Espinosa, la interseccionalidad permite comprender cómo se entrelazan y refuerzan distintos sistemas de dominación: el racismo, el clasismo, el sexismo, la xenofobia y la transfobia no se viven de manera aislada, sino de forma simultánea y entrelazada.

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No es lo mismo migrar siendo una mujer lesbiana blanca con recursos, que hacerlo siendo una mujer trans, afrodescendiente, empobrecida y racializada. Las condiciones materiales, el racismo estructural y la desigualdad económica impactan de manera diferenciada en el acceso a derechos. Para muchas, acceder a la salud, a una vivienda digna, a un empleo o a la justicia es prácticamente imposible.

Esta es la realidad de muchas mujeres disidentes sexuales provenientes de Centroamérica, Sudamérica o el Caribe que hoy llegan a México. En sus países de origen, sus identidades no solo son invisibilizadas, sino también criminalizadas. La falta de reconocimiento legal y social impide su acceso a una vida libre de violencia y discriminación. Se les niega el derecho a expresarse, a formar familias, a recibir atención médica integral o a vivir sin miedo. Muchas se ven obligadas a ocultar quiénes son o a vivir en un exilio constante.

A pesar de estos contextos adversos, estas mujeres también construyen estrategias de vida. Las redes comunitarias entre personas disidentes y aliadas se convierten en refugios reales y simbólicos. A través de colectivas, albergues, redes digitales, espacios de cuidado y solidaridad, se crean nuevas formas de habitar el mundo. En esos vínculos nace la posibilidad de sanar, resistir, reconstruir lo que se quiso destruir, acceder a recursos legales y emocionales, y sostenerse para seguir existiendo con dignidad.

Este impulso colectivo no solo salva vidas: también abre caminos hacia otros futuros posibles. Porque no todo es pérdida. Hay fuerza, creatividad y esperanza. Y porque seguimos creyendo —y trabajando— por un mundo en el que el amor y la identidad nunca más sean razones para poner en riesgo la vida de nadie.

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