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Prejuicio, juicio y sentencia

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El momento cultural por el que atraviesa la humanidad se inclina hacia la segregación, la división de las personas en grupos no sólo identificados por el lugar geográfico dónde viven, por sus usos y costumbres arraigados a las tradiciones. También por la “herencia digital“, que es el contenido que genera una persona en la nube que, a su vez, determina el algoritmo que las empresas utilizarán para comerciar, para convertirlo en un producto (venden su información para que le envíen anuncios) pero también en un consumidor (se vuelve un cliente potencial de estas preferencias).

La falta de creatividad e imaginación que representa la estadística del algoritmo, va encerrando al individuo en una especie de burbuja donde hará esta patria digital cuyo único objetivo es el consumo y el trazo preciso de contenidos a modo. Al parecer estas premisas aportan a la emancipación y la mejora en la calidad de vida, pues ofrecen productos que al usuario le interesan y el algoritmo le brinda las opciones que es posible le ayuden a desarrollarse.

Todo suena muy bonito, pero en el neoliberalismo el objetivo es esclavizar y no emancipar, de tal manera, por ejemplo, que cuando un adolescente borra una selfie de su página de redes sociales, se genera una alerta en el algoritmo para enviar anuncios sobre dietas, cosméticos, y se sugiere contenido para mejorar su aspecto, así es: se lucra con las emociones de los chicos, y lejos de apoyarles a amarse se les ofrece comprar todo ese cariño disfrazado de productos que lo hagan asemejarse al arquetipo deseado. ¿Cuál es el arquetipo deseado? El del privilegio blanco de los países desarrollados.

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Nada ha cambiado realmente, el bodypositive va de la mano de la especialización de contenidos para segmentar el mercado y vender más, no es en realidad una flexibilidad asumida sino un prejuicio que lucra, la tolerancia a las minorías va emparejada al poder adquisitivo y político que estas comunidades han logrado gracias a las luchas sociales y que las empresas capitalizan a conveniencia. Mientras nos hacen creer en la ficción de una comunidad más abierta y tolerante, la realidad de nuestras conductas digitales dice lo contrario: el mundo es cada vez menos flexible, más intolerante y aislado.

Las diásporas humanas han contribuido al desarrollo de la humanidad, el intercambio de cosmovisiones y culturas ha permitido que el ser humano se cuestione el sistema de valores y se permita nuevas perspectivas para su emancipación, es decir, ha desarrollado la libertad del pensamiento, pero sobre todo, el respeto y la asimilación de las diferentes formas de existir de otras culturas.

El sistema de pensamiento occidental, basado en el prejuicio, el juicio y la sentencia, es un sistema maniqueo y absolutamente obsoleto en la realidad del mundo actual, y es la base de la esclavitud humana. Abandonar nuestros prejuicios, dejar la necesidad impuesta de etiquetar al otro, nuestra necesidad de juzgar según nuestros limitados parámetros, permitirnos escuchar de forma diferente y convivir en la aceptación de nuestras diferentes perspectivas es la base donde sembramos la semilla de la comunidad auténtica, la empatía y la dignidad.

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