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Mundo errante | Del miedo a la igualdad a la detención injustificada de migrantes

Conforme pasan los meses de la segunda gestión presidencial de Donald Trump, nos enteramos de más casos de xenofobia, autoritarismo y procesos injustificados que han llevado a detenciones arbitrarias.

Apenas hace unos días el joven salvadoreño Kilmar Abrego fue liberado y vuelto a poner en detención. Abrego fue deportado a El Salvador e interpuso un juicio contra el proceso. Fue acusado de pertenecer a pandillas, luego de maltrato y ahora lleva un juicio por traslado ilegal de personas. Fue deportado y devuelto a Estados Unidos desde el país centroamericano, pero corre el riesgo de ser deportado a Uganda.

En abril pasado, en un aeropuerto de Texas, Catalina “Xóchitl” Santiago, fue detenida por agentes de la patrulla fronteriza, quienes le pidieron revisar sus documentos y responder a diferentes preguntas sobre los mismos. Xóchitl es beneficiaria del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, (DACA por sus siglas en inglés). Con ello logró obtener beneficios de ciudadanía y trabajar, estudiar y transitar libremente. O al menos, así había ocurrido hasta que fue detenida y trasladada bajo la custodia del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).

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A diferencia de la detención de Kilmar, Xóchitl no puede ser deportada, porque DACA, al menos hasta ahora, puede servir como una mínima protección para evitarlo. Ambos casos, sin embargo, representan la endeble garantía de derechos de las personas migrantes en los Estados Unidos y el clima de xenofobia que se ha generado en ese país.

Donald Trump, lo sabemos, encarnó en sus dos campañas electorales la bandera de la xenofobia, el racismo y intolerancia; emulando al fascismo del siglo pasado colocó en una lista a todos los inmigrantes, ha pasado de buscar contenerlos con muros a deportarlos de suelo estadounidense. A Uganda, a El Salvador, a Ecuador, lo importante es que estén lejos, que se entienda su mensaje nacionalista y que se cumplan metas de detenciones.

Desafortunadamente, en Estados Unidos y en otras partes del mundo se amplían los discursos y las políticas sobre la diferencia de origen nacional, étnico y de ciudadanía como mecanismo para ir contra la igualdad de derechos. Lo vemos con los discursos de Nigel Farage contra la migración y el asilo en Gran Bretaña, con las propuestas sobre migración de Milei en Argentina y el extremo de aniquilación del otro en Gaza por parte de Israel.

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Marcar la diferencia entre ciudadanía y origen es una táctica de la derecha para anular los derechos, para justificar políticas que segregan entre quienes deben tener acceso a educación, salud, trabajo y quienes “usurpan” esos derechos por no pertenecer a una raza, etnia o nación. Si, suena a algo añejo, obsoleto, pero lamentablemente no en desuso. Basta con ver que Donald Trump justificó la expulsión de suelo norteamericano de Kilmar basado en una ley pensada para tiempos de guerra, la “ley de Enemigos Extranjeros”, que fue creada en el siglo dieciocho.

Enzo Traverso en “Las nuevas caras de la derecha” (Siglo XXI editores, 2018) señalaba sobre lo que Trump encarnaba para una nueva derecha pro-fascista: la respuesta ante “un temor y una reacción xenófoba de la nación profunda, blanca, frente a la expansión irresistible de una nación multiétnica”. Y, acotaba, sobre la persecución a la migración que se vislumbraba en ese entonces: “la política del chivo expiatorio amplifica y explota el cliché de una comunidad virtuosa, armoniosa y apacible, arraigada en un territorio amenazada por la metrópoli [que es] cosmopolita y corrupta”.

Lo que vemos es una banalidad, la idea de que alguien debe tener la culpa y pagar por ello. La idea de que la armonía se rompe por los que amenazan desde fuera, los que quieren igualdad y es que, para muchos, el racismo es una forma de decir “éramos felices y los de afuera nos arrebataron la felicidad”.

Kilmar y Xóchitl no son criminales, tampoco casos aislados. Representan el exceso de una política xenófoba sin sentido, la búsqueda de poner en alguien la culpa de la crisis, de la carencia, de la falta de armonía, de la infelicidad. Se apela al enojo colectivo contra las personas migrantes, para justificar que hay culpables de todo lo que se ha perdido en el camino. Hay que arar mucho aún en este desierto de la sin razón para combatir la segregación el odio y la xenofobia.

Comentarios (1)
  1. Gracias por las publicaciones 🙏

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