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Mundo errante | La crisis democrática estadounidense como signo de esperanza

En el mundo se está generando un cambio de modelo, pasando del liberalismo reinante en las democracias occidentales a un marasmo sobre qué debe significar la democracia. En tiempos de derivas nacionalistas y proteccionistas que son alentadas por el segundo periodo presidencial de Donald Trump la idea de democracia en Estados Unidos también está cambiando.

Durante décadas, la democracia estadounidense se daba el gusto de mostrarse como un ejemplo a seguir, una democracia casi inmutable entre los cambios globales. Estados Unidos se refería a sí mismo como el gran liderazgo. Después de los atentados de 2001 a las Torres Gemelas en Nueva York, fue planteando matices a su posicionamiento en el mundo, realizó una redefinición de sus enemigos, sus aliados y sus prioridades.

Luego, la crisis económica de 2008, y la larga recesión que le siguió afectó su liderazgo y con ello, también se cuestionaba a la democracia estadounidense como modelo a seguir.

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En un libro que durante la primera presidencia de Trump se convirtió en best seller (¿Cómo mueren las democracias?, 2018), los académicos Steve Levitski y Daniek Ziblat se preguntaban “¿está la democracia estadounidense en peligro?” y remataban “es una pregunta que jamás pensamos que nos formularíamos”.

Ante la incredulidad, podríamos decir que, tanto en los Estados Unidos como en otros países, la democracia se desgasta entre los liderazgos y las instituciones que la usan para beneficios inmediatos. Los propios políticos frustran el ideal democrático tradicional y alimentan el crecimiento del desencanto.

En los Estados Unidos, para Levitski y Ziblat, por ejemplo, esto se ha reflejado en un cambio de lo que representan los partidos políticos para las personas. Algo que va más allá de la oposición entre liberales y conservadores ya que tiene muchos matices. Básicamente es porque la gente busca respuestas a sus necesidades y busca quién se las resuelva.

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Así es como los partidos demócrata y republicano han cambiado también en sus bases sociales. Para estos autores, estos partidos representan a la vez, distintos planteamientos políticos, a diferentes comunidades e incluso a “culturas y valores diferentes” (Levitski y Ziblat, p.136). La insatisfacción con la democracia alimenta la necesidad de respuestas rápidas y que no se limita a los partidos políticos, mucho menos a lo que éstos suponen en sus plataformas que prácticamente no se renuevan.

Los procesos sociales que no están reflejados en los procesos políticos no se sienten en el ejercicio de derechos sociales de las personas, no garantizan trabajo, servicios, protección social y la inclusión de los sectores de la población más
marginados.

La figura de Trump, decíamos en otras entregas, creció porque la crisis económica lo hizo necesario en medio de un electorado insatisfecho con demócratas y republicanos, Trump significó medidas diferentes. Cuando la crisis económica afectó a la gente real y la política de los partidos se volvió ajena a la realidad, Trump parecía ser una respuesta. No una
respuesta a la crisis de la democracia sino a la crisis económica.

La democracia en una dinámica más tradicional no hubiera necesitado a Trump, pero la crisis de la misma democracia llevó a que Trump fuera más popular. Por eso, tal vez, el asalto a la Casablanca, como diría Ignacio Ramonet (La era del conspiracionismo, Siglo XXI, 2022), representó “una embestida contra el corazón de la democracia norteamericana” que el propio Donald Trump propició para cambiar el resultado de las elecciones de 2020.

En ese episodio en el Capitolio, los norteamericanos vieron, parafraseando a Levitski y Ziblat, como la democracia fracasaba a manos de un líder electo, que echaba por la borda el proceso que lo llevó al poder.

Aquí, traigo en recuerdo a otro autor norteamericano, crítico de su propio sistema de gobierno, Howard Zinn, que decía “las cosas malas no son más que repeticiones de cosas malas que han ocurrido siempre: la guerra, el racismo, los malos tratos a las mujeres, el fanatismo religioso y nacionalista, el hambre…” (No puedes ser neutral en un tren en marcha, Almuzara, 2023).

Trump representa esta repetición de cosas malas que han sucedido por mucho tiempo. Sin embargo, no todo está perdido, también la memoria y la perspectiva histórica pueden hacernos ver que ante este tipo de cosas malas la gente se organiza para cambiarlas.

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