La paz mundial desde la raíz de las culturas
La cultura global impone cierta estética para validar la existencia de culturas diferentes.
Una de las grandes ficciones que ha generado la cultura humana, y con ella, un sin fin de tragedias y desventuras, es la necesidad de consumo. La cultura humana, en general, pero sobre todo en el capitalismo, se construye de ficciones, es decir de mentiras, falsedades, de cuentos, leyendas, historias, la mayor parte de las veces llevadas a un extremo romántico y absurdo que justifique su verdadero objetivo: obtener una ganancia material, o una conducta sumisa.
La cultura global impone cierta estética para validar la existencia de culturas diferentes: las personas sienten vergüenza de sí mismas, desprecian su tierra, sus costumbres, sus rasgos físicos, la humildad y cariño con que una anciana ofrece un tarrito de atole a su nieto que se va a trabajar a una maquila… el nieto que prefiere comprar en un Starbucks para sentir que pertenece al mundo que le han impuesto como deseable.
Pero hay un consenso general en esta industria cultural, el consenso de humillar y despreciar a las mujeres, de desvalorizarlas sistemáticamente, por su cuerpo, por su edad, por su comportamiento, por cómo hace o deja de hacer, porque además de hacer de la mujer un objeto, la quiere siempre humillada haciendo hasta lo imposible por que se le reconozca su valor, valor que nunca, jamás, será suficiente.
La mujer, la mayor consumidora del mundo: maquillajes, dietas, ropa, uñas, shampús, ceras depilatorias, bisutería, zapatos, tratamientos estéticos, etcétera. Eso, sólo, en cuanto a su aspecto físico. La mujer trabajadora aporta un porcentaje mucho más alto para los gastos familiares, pero gana menos que el hombre por el mismo trabajo, y luego, otro tanto, lo gasta en su aspecto personal, intentando lucir como el arquetipo estético con el cual pretenda identificarse más. Porque además de complacer tiene que gustar, tiene que ser deseable, sin parecer una puta, obviamente.
Agreguemos a este coctel infame la condición de que la felicidad de la mujer siempre está dentro de una familia y en pareja, no en balde tantas telenovelas, tantas canciones, tanta basura disfrazada de amor para amarrarla, para darle tres palmaditas y decirle que lo está haciendo muy bien, que sufrir y servir la hacen ser la madre del día de las madres, la santa madre. La prescindible para todo pero la imprescindible para la operación de la casa, la industria, la cultura, la verdaderamente poderosa y temida, por lo tanto, la permanentemente esclavizada, recibiendo premiecillos de quinta, y reclamos de primera.
Se me ocurre que mientras las culturas desprecien a sus mujeres, el mundo se seguirá yendo a la mierda, que ni Israel, ni Palestina, ni Irán, ni los dueños de los medios de producción, ni los sanadores fisicocuánticos, ni los narcos, los abandonadores, los castradores, los seductores choreros, los artistas deconstruidos; nadie que ejerza esa violencia en contra del ser humano que se encarga del núcleo te todas las sociedades, que la humille que la prejuicie que la determine y la viole y la mate sólo por ser mujer, ninguna de esas culturas, que sistemáticamente se han puesto la soga al cuello perpetuando la violencia y el desprecio en la sociedad íntima, llámese familia o pareja, nadie está preparado para la paz.
Comentarios (1)
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La PAZ depende de la justicia de la igualdad y del amor, tanto al prójimo como a la vida en el planeta. Somos brutales con todo, somos depredadores, y el conocimiento ha servido para subyugar con brutalidad el caso de Palestina es un terrible ejemplo.