Lizbeth De La Cruz, una vida dedicada al activismo migrante
Lizbeth De La Cruz es una mujer que desde pequeña comprendió que su vida estaría marcada por las historias en torno a la migración.
Lizbeth De La Cruz nació en Los Ángeles, California, como hija de migrantes mexicanos. Desde pequeña mostró interés en la educación y la justicia social, desarrollando un fuerte sentido de identidad.
Su pasión por la enseñanza surgió jugando con sus hermanos y vecinos, lo que marcó su vocación. Con el tiempo, comprendió la importancia de su historia familiar y cómo la migración definió su vida.
A través de su activismo, busca generar empatía hacia los deportados y defender sus derechos.
Raíces migrantes y el impacto en su identidad
Lizbeth De La Cruz creció en un entorno marcado por la migración, aunque al principio no lo comprendía del todo. Su abuelo fue parte del programa Bracero.
Sus padres cruzaban constantemente a México, llevándola junto con sus hermanos en esos viajes. Estas experiencias le permitieron fortalecer su vínculo con la cultura de sus ancestros.
También entendió desde temprana edad las dificultades que enfrentaban los migrantes en ambos lados de la frontera.
Su perspectiva cambió al vivir en Compton, un lugar con muchas historias similares a la suya.
“Yo crecí en Los Ángeles, en una ciudad que se llama Compton, haber crecido ahí me ayudó a entender un poco las limitaciones de qué tanto podíamos hacer.”
Desde joven, entendió que su origen influía en cómo era percibida por los demás.
“Aunque haya nacido en Estados Unidos, la parte que mis papás no, y hayan ingresado irregularmente, me abrió los ojos a otra realidad.”
Vivir en México en ciertos periodos fortaleció su identidad y amor por sus raíces.
“Mis papás nos llevaron a vivir ahí y creo que por eso nació mi pasión por aprender español, la cultura de mis abuelos.”
“En su momento no entendía por qué veníamos, íbamos pero creo que me abrió los ojos desde la situación de los migrantes.”
Con el tiempo, Lizbeth comprendió cómo su historia familiar se conectaba con la de millones de migrantes. Esta revelación la llevó a involucrarse activamente en proyectos de apoyo a la comunidad.
Sus experiencias personales la motivaron a generar conciencia sobre los retos que enfrentan los migrantes. En su camino, encontró en la educación una herramienta clave para impulsar cambios significativos.

Experiencias tempranas con la discriminación
Lizbeth De La Cruz vivió su primera experiencia de racismo a los siete años, cuando un desconocido le quemó la muñeca con un cigarro.
Aunque en el momento no entendió la agresión, con el tiempo vio el evento como un reflejo del rechazo hacia los latinos. Creció con la idea de que debía esforzarse el doble para demostrar su valor en la sociedad.
La discriminación y las microagresiones fueron constantes en su vida académica y profesional. A pesar de ello, utilizó esas experiencias para alimentar su lucha contra la desigualdad.
“En la mañana iba a la escuela a dejar a mis hermanos. Llegó el momento en que teníamos que cruzar la calle y un señor blanco, gringo estaba fumando y al señor se le hizo muy fácil agarrar mi mano y me quemó la muñeca.”
El impacto de esta agresión la marcó profundamente, haciéndole comprender el racismo en su entorno.
“En ese momento no entendí, estaba muy pequeña, para mí ese fue el despertar, darme cuenta que hay gente mala. Como que te mata la inocencia y la vida no es tan bonita como era.”
A lo largo de su vida, enfrentó nuevas microagresiones por ser latina y mujer. Estas experiencias la llevaron a interesarse por la educación sobre racismo y justicia social.
“Desde chiquita ya sé que soy diferente, aunque haya nacido aquí, soy hija de personas mexicanas y no a todo el mundo le gusta, eso.”
La literatura y su camino hacia el activismo
Leer “El Túnel” de Ernesto Sábato fue un punto de inflexión en la vida de Lizbeth De La Cruz. La obra despertó su interés por la literatura en español.
“Desde ahí dije wow, quiero estudiar español, leer más libros… cuando terminé el bachillerato dije, la maestría es una opción y seguí con la misma idea.”
Conforme avanzó en su formación académica, orientó su preparación hacia el estudio de la migración y estudios chicanos. La herramienta le permitió acercarse a la comunidad de formas más creativas.
“Cuando llegué a la frontera de Tijuana y empecé a conocer a personas deportadas, todo cambió.”
Fue en 2016 cuando inició su parte como colaboradora con el proyecto Humanizando la Deportación. Esta experiencia la sensibilizó aún más sobre las realidades de la migración forzada.
A través de testimonios, entendió la importancia de narrar las historias de quienes han sido desplazados.
“La deportación y los efectos que pude ver y son tan visibles en Tijuana, me hicieron pensar en mi propia familia. Ver la frontera de Tijuana todos los días fue algo que me marcó mucho.”
Lizbeth comprendió el significado simbólico del muro y lo que representaba para muchas personas.
“Te pones a pensar en la existencia de un muro pero también en lo que ese muro provoca en las comunidades que han sido forzadas a salir de un país que como ellos lo dicen, es su casa.”
Esta reflexión la llevó a reforzar su compromiso con los derechos migrantes.

Desafíos del activismo y su visión futura
Lizbeth De La Cruz ha enfrentado obstáculos por su activismo, especialmente por ser mujer. Ha recibido amenazas que la obligaron a dejar Tijuana, pero continúa su labor a distancia.
“Nuestra propia existencia es como una forma de resistencia a lo que este mundo es, no solamente a Estados Unidos o México pero para mí es muy triste.”
Su compromiso con la comunidad migrante sigue firme a pesar de los riesgos y dificultades. Utiliza la tecnología para dar seguimiento a sus proyectos y seguir apoyando a quienes lo necesitan.
“Hay personas a las que no les cae que haya gente que le interese alzar la voz o abogar por otros con perfiles un poco complicados, ya sea porque fueron deportados.”
Uno de los episodios más complicados para ella ha sido defender sus ideales incluso de otros activistas.
“Ser como la directora de una fundación creativa que ayude a las personas a buscar formas de contar sus historias, un museo o una institución que tenga como un centro de contar historias, ese es mi plan.”
Lizbeth pide que a la mujer no solo se le reconozca en marzo.
“Todas merecemos vivir vidas dignas en lo que queramos hacer y no tenemos que estar abogando para que las personas nos traten con derechos humanos y con respeto.”
Finalmente, compartió un mensaje para las nuevas generaciones de mujeres activistas.
“Ese sería mi consejo para las mujeres que quieren dedicarse a algo que no es tradicional, sí podemos, nada más hay que buscar el apoyo correcto.”
Hoy en día, Lizbeth De La Cruz continúa su lucha, demostrando que la educación y la perseverancia pueden transformar vidas y abrir caminos para las comunidades migrantes.

