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Triunfo de Trump, inédito, inverosímil y contrario a toda lógica

OPINIÓN | Dr. Javier Urbano, Coordinador de la Maestría en Estudios sobre Migración, del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México.

Los resultados de la elección presidencial en Estados Unidos no sólo rompen con todos los pronósticos que en diversos niveles daban una victoria a la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton. Para los analistas en materia de política exterior, y en especial para quienes se abocan al estudio de los procesos políticos en la Unión Americana, es por demás frustrante asistir a la confirmación de la ineficacia de las herramientas tradicionales como insumo para el estudio de un fenómeno inédito, inverosímil y que va contra toda lógica; como el que sucedió en este país.

Un primer recuento, de los muchos que vendrán en los próximos meses antes de que el republicano Donald Trump asuma la Presidencia de Estados Unidos, puede comenzar por una autocrítica a la forma de abordar esta elección:

1. El uso de instrumentos tradicionales para un proceso social inédito. Quizá demasiado condicionados por la diosa encuesta, los estudiosos de esta elección orientaron parte de sus reflexiones a las diferentes posiciones de las encuestadoras y de los poderosos medios de comunicación, sin atender la situación “a pie de calle”, es decir, el profundo malestar social con los dos candidatos más desacreditados en la historia reciente en Estados Unidos.

2. La ausencia de una ponderación sobre el peso de la candidatura de Clinton. Hillary Clinton libró (cortesía de Donald Trump) el debate sobre la condición de elegibilidad de una mujer para la Presidencia. Esto es, el género no fue tema de agenda, pero sí la existencia de una especie de “efecto espejo” que los ciudadanos esperaban respecto de la candidata o candidato demócrata, tomando en cuenta un poderoso precedente (Barack Obama), cuya figura supuso la construcción de un movimiento con tintes aspiracionales; aunque luego Obama fuera más una decepción.

Clinton, al respecto, se enfrentó al reto de elaborar no de una candidatura, sino de una narrativa, un movimiento y una aspiración con el fin de prolongar el efecto Obama; y fracasó de forma evidente.

3. No se sincronizó la candidatura Trump con el populismo global. Ya habían alertas en el sistema internacional; UKIP fue uno de los autores de la mayor relevancia en la construcción de la narrativa antieuropea en Gran Bretaña, cuyo producto más acabado fue el Brexit;  Pegida en Alemania ya apuntaba sus discursos en contra de la inmigración; lo mismo que el ya histórico Frente Nacional en Francia; Aurora Dorada en Grecia; o los movimientos de perfil populista y mesiánico en Latinoamérica o Asia.

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La lectura tradicional era: Estados Unidos, como la potencia hegemónica, marca tendencias, influye al mundo y no al revés. Es decir, nos sedujo la idea de la excepcionalidad de este país.

4. No se consideraron los “comportamientos erráticos” de grupos sociales: mujeres, minorías, jóvenes. Contra toda lógica, grandes cantidades de mujeres, latinos, negros y jóvenes votaron por Trump a pesar de que muchos de estos grupos fueron agredidos en diferentes momentos por el discurso xenófobo, misógino y excluyente del republicano. Contra este patrón de conducta no hay análisis que resista, salvo que se considere que el hartazgo contra el sistema tradicional o contra la “monarquía Clinton” haya sido más decisivo que las ofensas proferidas por Trump.

5. No se valoró con precisión el peso de la gestión Obama y su efecto respecto de la propuesta de Clinton. La gestión de Barack Obama, más allá de sus fracasos y aciertos, logró construir una narrativa de futuro; pero sus promesas incumplidas (reforma migratoria y Guantánamo, como ejemplos) lo desacreditaron en estos últimos meses. De ahí que una candidatura débil en su mensaje y en su propuesta, como la que encarnó Hillary Clinton, no hizo más que ahondar la decepción social.

Tal vez la única certeza, si vale, sea recordar que Trump es sólo un componente de una maquinaria llamada sistema político de Estados Unidos. Trump, con todo su poder, debe entender que buena parte de sus ofertas políticas no se operan desde el principio de la voluntad; sino que pasan por un proceso de negociación e intercambio. Y que el contexto global, la situación económica, la gestión de las tensiones sociales por él exacerbadas, y la construcción de muros sociales al interior de la Unión Americana, son retos que le marcarán la medida y el alcance de sus promesas.

Como político en ciernes, con seguridad entenderá en su momento, que la gestión de lo gubernamental pasa por el reconocimiento de lo que se quisiera (ideal), de lo que se podría lograr (lo deseable), y lo que se puede hacer con lo que se tiene (lo posible).

De esta evaluación que con seguridad iniciará en enero de 2017 deberíamos esperar matices, reorientaciones y cambio de tonos. Aunque en esencia, y sin dejar de conocer las malas noticias de la elección de Trump, lo que toca ahora es mirar hacia el interior de la política pública mexicana para fortalecerla de cara a otros Trumps en el futuro; y que estas situaciones no den el pretexto para esconder o maquillar las ineficacias, corruptelas e incompetencias de quienes nos gobiernan.