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La patraña de los justicieros

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Artículo de opinión de Alejandro Rodríguez acerca de las Elecciones USA 2016

La vida colectiva precisa reglas claras, hombres e instituciones creíbles que velen por su cumplimiento (y castiguen a quien no se sujete a ellas), pero también credibilidad general y aceptación mayoritaria que mine la tentación de justicia “a modo” que al final nos haga volver a la ley de la selva.

Es obvio que desde el veredicto en una simple disputa entre dos dejará insatisfecho a un 50 por ciento, pero la claridad de la norma y la imparcialidad del juzgador e instancias superiores nos harán supuestamente “civilizados” para aceptar cualquier sentencia judicial.

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Sin embargo, la complejidad de un mundo de miles de millones de seres humanos, intereses que van desde los grandes cotos geopolíticos hasta los más minúsculos intereses particulares de la más modesta de las personas, pasando por los grandes intereses económico-financieros de las corporaciones multinacionales, no hace tan simple la ecuación.

Agreguen a esa mezcla las nuevas tecnologías de la información en tiempo real, léase redes sociales, así como situaciones particulares en cada región o país del mundo, y nos encontraremos con miles de “Fuenteovejunas” o tribunales colectivos que dan su anónimo veredicto sin que se castigue a los realmente responsables de tal o cual barbaridad.

No pienso solo en el problema de las deficiencias en la aplicación legal en nuestro país y la consecuente impunidad, o en el pistolero “justiciero” que abatió a cuatro delincuentes en un autobús de pasajeros a escasos kilómetros de la ciudad de México.

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No. No me referiré en particular al caso mexicano tristemente emblemático sino todos aquellos que apelan a “justicia” violentando (o instando a hacerlo) las más elementales normas de convivencia humana.

Los regímenes que florecieron al este del muro de la guerra fría en el siglo XX cometieron atrocidades en nombre del sueño socialista de igualdad, como los extremistas del Islam lo hacen en el nombre de Alá, y como el “policía del mundo” –Estados Unidos- ha encontrado en la “libertad occidental” el pretexto de expansión imperialista y de intervenciones militares.

En todos los casos, se apela a un “interés superior” que oculta conveniencias más mundanas de control político y económico.

Esa es la “revolución” a la que se refieren los populistas latinoamericanos que primero aprovechan una coyuntura como la de los precios altos del petróleo (Venezuela) para vender sueños de progreso y bienestar, y luego culpan a quien sea de la inevitable catástrofe humanitaria por decisiones y políticas económicas insostenibles.

Esa es la “guerra santa” jihadista que queda atrapada en la disputa por territorios estratégicos: salidas al mar, puntos de intercambio comercial o yacimientos energéticos.

Ese es incluso el “primero los pobres” que hace prometer a Andrés Manuel López Obrador educación universitaria gratuita “para todos”, no importa si ésta es de mala calidad o si no servirá de nada a la hora de buscar un trabajo digno y bien remunerado.

Esa es la “grandeza” que supuestamente Donald Trump quiere recuperar para el estadounidense común –simple e ignorante- que no entiende razones históricas ni ciclos económicos, y simplemente culpa a los vecinos mexicanos de la pérdida del “sueño americano” o el bajo nivel del otrora presumible “american way of life”.

¿Cuáles son los elementos comunes de estas líneas, lector?

Polarización, odio, racismo, xenofobia, intolerancia, violencia. Maniqueísmo: malos vs buenos; ricos vs pobres; sajones vs negros o latinos; creyentes vs ateos.

Peligro, pues.

Pase lo que pase este martes 8 de noviembre, en las elecciones USA más relevantes de la historia no solo para México sino para el mundo entero, el daño está hecho.

Porque el discurso de Trump despertó la patraña de la “justicia” para los autollamados “americanos”. “Hacer de nuevo grande a América”. ¿Qué significa eso? A ciencia cierta no lo sabemos, pero sugiere “dragado racial”, discriminación, proteccionismo, cerrazón en un país que a pesar de ser ya el más poderoso del mundo, no ha entendido que su desarrollo ya está inevitablemente enlazado con México: sí, “el país de narcotraficantes, asaltantes y violadores” que define descarada e injustamente el millonario que tomó por asalto la candidatura del Partido Republicano de los Estados Unidos.

El daño está hecho porque aunque gane Hillary Clinton en las elecciones USA 2016, que es lo más probable, su adversario despertó al “gringo bronco” (permítame parafrasearlo de esta forma, don Francisco Martín Moreno). Ese que permitió atrocidades hace medio siglo con el pretexto de “detener el comunismo perverso” que atentaba contra los valores de un país que –paradójicamente- se formó expandiéndose de este a oeste por la fuerza, haciendo prevalecer la ley del más fuerte y exterminando a los pueblos indios que eran milenarios dueños del vasto territorio de Norteamérica.

El daño está hecho porque la descarada intervención del FBI (emblema de la procuración de justicia en el vecino país del norte) muestra un preocupante escenario que no se había visto, por lo menos así de descaradamente, y a unos cuantos días de la elección para Presidente.

Porque una cosa es el sheriff de Arizona de apellido Arpaio incitando a la población a armarse para expulsar inmigrantes fronterizos, y otra es el Buró Federal de Investigaciones lanzando públicamente hechos que pudieran influir ostensiblemente en la decisión de los votantes.

Clinton, su Partido Demócrata y –sobre todo- el Partido Republicano (con todo y su “Tea Party” más recalcitrante) deberán encontrar la forma de ir sanando heridas abiertas en este proceso previo de las elecciones USA, si no quieren terminar en un escenario como el que les dio pretexto para invadir países en guerra civil, esa lucha fratricida que los propios gringos tuvieron el siglo antepasado.

No creo exagerar, aunque los tiempos sean otros. Pero parece que al final del día, el “justiciero” Trump está llamando a la secesión en los Estados Unidos de América (por cierto, con el apoyo del ruso Putin). Ojo.

¿O ustedes qué opinan?


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