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OPINIÓN | Entendernos como refugiados, refugiados para siempre

Yo soy un solicitante de refugio. Cuando llegué a Lima, capital de Perú en julio de 2017, tuve la oportunidad de tramitar inicialmente el Permiso Temporal de Permanencia (PTP), y luego de un año pude cambiar el documento al Carnet de Extranjería, que mantengo todavía en el país. | Esta opinión fue escrita por Héctor Villa León

Cuando pienso en la palabra “refugiado”, es más común que lleguen a mi mente imágenes de la comunidad siria. Son más de 6,2 millones de desplazados internos y 5,6 millones de refugiados en todo el mundo, tras 11 años de guerra.

Además, hay que contar a los 13 millones de personas de este país de la costa oriental mediterránea que necesitan ayuda humanitaria para reconstruir su vida.

También pienso en los hechos recientes de la invasión que cometió Rusia en contra de Ucrania a inicios de este año. La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) estima que ya hay más de 6 millones de refugiados ucranianos que han salido del país a naciones vecinas, convirtiéndose en la crisis de refugiados más grande de Europa.

Como ocurre en Siria, hay que contar también la vida de los 18 millones de personas que estarían afectadas por el conflicto y unos 12 millones que necesitarían ayuda humanitaria.

Sin embargo, pensar en la migración venezolana no es siempre asociarla a estos 26 millones de refugiados, entre hombres, mujeres, niños y niñas que actualmente existen en el mundo.

Si revisamos el concepto que plantea Acnur para definir a una persona refugiada “es aquella que huye del conflicto y la persecución”. Además, en la Declaración de Cartagena se amplía el concepto de refugiado a “las personas que han huido de sus países porque su vida, su seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de los derechos humanos u otras circunstancias que hayan perturbado gravemente el orden público”.

Por supuesto, en cualquier escenario, la condición y protección para las y los refugiados están definidos por el derecho internacional. Es decir, no deben ser expulsadas o retornadas a situaciones en la que sus vidas corran peligro.

Pero, ¿cómo queda la comunidad venezolana? ¿Son refugiados también? ¿En qué espectro se encuentran?

En el 2019, Acnur presentó el informe sobre Tendencias Globales de Desplazamiento Forzado. En este informe se incorporó una nueva categoría a los ya conocidos refugiados, solicitantes de refugio o desplazados: venezolanos desplazados en el extranjero.

¿Pero no serían también las personas que han salido de Venezuela refugiadas? ¿No están huyendo de un país en el que existe un colapso económico, político y social que las impulsó a salir de su nación?

Si vemos el panorama estadístico, encontramos algunas cifras interesantes. Por ejemplo, para 2020, en Colombia había 5.303 solicitantes de asilo, de los 1.809.972 que había para esa fecha. En Perú, país con mayor número de solicitantes de refugio, alcanzaba la cifra de 482.571. Chile (3.499 solicitudes), Ecuador (29.078 solicitantes), y Estados Unidos (108.942 solicitantes de asilo) son los países que encabezan la lista de mayor solicitudes.

Ahora bien, entendiendo el concepto que plantea Acnur, y lo que hemos revisado en la Declaración de Cartagena cabe hacernos la pregunta: ¿Quién asigna la condición de refugiado? ¿Cuándo se reconoce a una persona como refugiada o no?

Yo soy un solicitante de refugio. Cuando llegué a Lima, capital de Perú en julio de 2017, tuve la oportunidad de tramitar inicialmente el Permiso Temporal de Permanencia (PTP), y luego de un año pude cambiar el documento al Carnet de Extranjería, que mantengo todavía en el país.

Y aunque mi historia personal no involucra la acción de huir por persecución política, si tiene que ver con la obligación de salir porque no había garantía de seguridad para mi vida, el sistema de salud comenzaba a entrar en crisis y las oportunidades para el desarrollo profesional y personal las veía lejanas.

Sin embargo, esto no significa que todos deban tener una experiencia como la mía. En Cápsula Migrante, la plataforma informativa que codirijo, hemos encontrado cientos de historias de personas que vieron sus posibilidades aún más reducidas en su país de origen. Y no tenían ninguna oportunidad más que salir… huir de su país para no morir en manos de la delincuencia, para que la basura no fuera su principal fuente de alimentación, o por tener que sufrir en los centros de salud debido a la terrible crisis que existe en el país. Huir para tener, al menos, acceso a los derechos humanos básicos y esenciales para las personas.

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Dónde nos podemos encontrar

“Han huido de sus países…” Existen diferentes procesos migratorios, el que ocurre cuando es voluntario, porque la persona quiere asentarse en un nuevo país, está buscando oportunidades y tiene una base de dinero para establecerse en otra nación. Incluso, hay quienes migran para estudiar. Los refugiados, a diferencia de estos, tienen que huir porque no encuentran otra alternativa para siquiera subsistir en su país.

“Su seguridad o libertad han sido amenazadas por la violencia generalizada…” En el 2015, la tasa de homicidios de Venezuela era de 90 por cada 100.000 habitantes. Y aunque con el tiempo ha ido disminuyendo, se mantiene de forma alarmante. Quienes cometen los crímenes no respetan estatus social o condición, y cualquier persona está expuesta a ser víctima.

“La violación masiva de los derechos humanos…” En las protestas que ocurrieron en 2014 y 2017 en contra del régimen de Nicolás Maduro, lamentablemente 100 personas fueron asesinadas a manos de los efectivos de los cuerpos de seguridad del Estado. Muchas de estas personas habían salido a protestar, a manifestar su rechazo a las políticas implementadas que afectarían años más tarde el acceso a la salud, la educación, la seguridad de toda la población venezolana.

“Otras circunstancias que hayan perturbado gravemente el orden público…” Además del 2017, el 2019 es un año que considero se mantendrá en la memoria colectiva de las y los venezolanos. En marzo de este año ocurrió un apagón que dejó a oscuras no solo a Caracas, la capital del país, sino a casi todos los estados venezolanos por casi una semana. Además de lo que ya tenían que vivir, se enfrentaron a este hecho. Quienes estábamos fuera del país no dejamos de ser afectados al no saber cómo estaban nuestros familiares.

Leí de la profesora Ligia Bolívar me encontré con una frase que me hizo reflexionar sobre esta condición:

“lo que define a una persona como refugiada no es el trámite, ni el papel que le da un gobierno, sino las circunstancias que la motivaron a salir”.

Recientemente, leyendo sobre la guerra de Ucrania, y la historia de millones de hombres y mujeres que han huido de la crisis por los injustos ataques de Putin, me encontré con una frase de Demna Gvasalia, un diseñador de moda de origen georgiano, en la que decía que desde que se convirtió en refugiado, no ha dejado de serlo.

“Es algo que siempre se queda contigo, el miedo, la desesperación, el darte cuenta de que hay quienes no siempre te quieren”, dice Gvasalia.

Y quizá es un sentimiento que podamos compartir todas y todos los venezolanos con el resto de refugiados y refugiadas que hay en el mundo. Aunque no hemos vivido una guerra física, y no quiero caer en comparaciones odiosas; nos tocó enfrentarnos a una batalla en la que para acceder a nuestros derechos fundamentales, incluso para preservar nuestra vida, debíamos dejar a un lado nuestra dignidad. Y eso para mucho es un no negociable. 

Parece que quienes gobiernan en nuestro país no siempre nos quieren, y trataron de hacer lo posible para rompernos, por lo que preferimos huir, aunque “seamos esclavos económicos”, como el mismo Maduro lo dijo.

Sin embargo, estar lejos también ha sido una lección. Josef Joudelka decia que el exilio te destruye, pero si no es así, te hace más fuerte. Además, te deja dos regalos: “el primero es que debes construir completamente de nuevo, y el segundo es que si tienes oportunidad de regresar a tu país lo ves con ojos distintos”.