Los 3 motivos por los que debes rezar por alguien que te cae mal

Rezar por alguien que te cae mal Pixabay
Cuando rezamos por alguien que nos cae mal cumplimos el mandamiento que nos dejó Jesús de amar como Él ama
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“¡De ninguna manera!”, “¡Claro que no voy a pedir por ese infeliz!” Ésas y otras respuestas parecidas las han dado personas a las que se les preguntó si podrían rezar por las personas que detestaban, sobre todo por quienes les habían hecho mal.

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Las airadas respuestas dejan ver que hay un malentendido.

Tenemos 3 razones muy poderosas para rezar por quienes nos caen mal:

  1. Cumplimos el mandamiento que nos dejó Jesús de amar como Él ama, es decir, con un amor que no se basa en los méritos ni pone condiciones.
  2. Sanamos nuestro corazón, porque no debemos detestar a nadie, y cuando oramos por alguien aprendemos a verlo como hijo de nuestro mismo Padre, y no olvidamos que en el Padre Nuestro nos atrevemos a pedirle que nos perdone como nosotros perdonamos.
  3. Ponemos a esas personas en manos de Dios, el único que puedeintervenir para cambiar su corazón.

¿Cómo funciona el orar por otros?

La gente cree que orar por alguien es pedir que le vaya bien en lo malo que hace, que por ejemplo, rezar por el delincuente que las asaltó, es pedir a Dios que lo ayude a que le resulten bien sus atracos, o que si rezan por la chismosa de la familia, piden que se salga con la suya en sus intrigas. ¡No es así!

Para entender el sentido que tiene orar por alguien, primero hay que tomar en cuenta algo muy importante:

Si creemos en Cristo y nos consideramos Sus seguidores, estamos llamados cumplir el único mandamiento que nos dio: amarnos unos a otros, como Él nos ama (ver Jn 15, 12).

Cabe entonces preguntarnos: ¿Qué es el amor?, ¿en qué consiste? Amar no es tener bonitos sentimientos hacia quienes nos caen bien.

De hacer eso sería imposible obedecer a Jesús que nos pide:

“Amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odien, bendigan a los que los maldigan, rueguen por quienes los difamen.” (Lc 6, 27-28).

Amar consiste en desear y, en la medida de lo posible, procurar el bien de quien se ama.

Y desear el bien no significa desear que le vaya bien en lo malo que hace, no, sino desear que abra su alma al mayor bien que existe que es el amor de Dios.

Quienes nos hacen el mal no tienen a Dios en su corazón

Decía San Agustín que Dios nos creó para Él y nuestra alma está inquieta hasta que no descansa en Él.

Quienes hacen, o nos hacen mal, no tienen a Dios en su corazón, sólo un hueco infinito que se pasan intentando llenar con poder, con dinero, con fama, con el adrenalinazo momentáneo que les da la violencia, la velocidad, el alcohol, la droga, la pornografía o cualquier otra adicción, pero no lo consiguen. Y por ello, aunque aparenten ser felices, no lo son.

Rezar por los que nos hacen mal, no equivale a pedir a Dios que los ayude en el mal que hacen, sino que los transforme interiormente como sólo Él puede.

Nos lamentamos amargamente de autoridades que dicen una cosa y hacen otra, que en lugar de procurar justicia acusan a inocentes, roban, extorsionan, perpetúan la corrupción y la violencia, pero ¿oramos por ellas?