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Un año

Con el mes de julio inicia la cuenta regresiva rumbo a lo que será el proceso electoral más complejo de la historia mexicana, no solo por el número de puestos de elección popular en juego, sino porque se tratará como nunca de definición del destino nacional.

En el año 2000 el juego se llamó “sacar al PRI de Los Pinos”. En el 2006 ganó apretadamente la opción de impedir la llegada de Andrés Manuel López Obrador por “ser un peligro para México”. Y en 2012 regresó al poder el partido tricolor, que había sido equivocadamente desahuciado.

El proceso electoral 2018 hace converger algo de las 3 elecciones anteriores, porque al clamor de no pocos sectores de la sociedad mexicana por expulsar nuevamente a los priístas, se añade la figura polarizante de López Obrador que, amado y odiado por igual, parece tener nuevamente la fuerza para aspirar al triunfo en su tercer intento por ser presidente de México.

Sin embargo, ha aparecido una nueva opción resultado del hartazgo de los partidos y de los políticos tradicionales, y esta vez no tiene que ver con la figura de una candidatura “independiente”, sino en un Frente Amplio Opositor que busca abrir un camino a quienes no quieren más PRI, pero que ven en el “Peje” un callejón sin salida hacia el populismo, el desorden económico y el retroceso a políticas que ya han mostrado su ineficacia incluso en nuestro país.

Si prospera una alianza PAN-PRD con un candidato fresco que no sea necesariamente ni panista ni perredista –lo que se ve francamente complicado- estaremos ante una elección terciada y no entre dos polos opuestos, como ha venido sucediendo en los últimos tiempos.

Y el voto se pulverizará aún más si azules y amarillos postulan cada quien a su abanderado, en perjuicio del adelantado AMLO –quien cumplirá el año que entra 18 años en campaña- y en beneficio del partido del presidente Enrique Peña Nieto, que mantiene una nada despreciable base de voto duro.

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En cualquiera de los escenarios, el PRD y los partidos pequeños adquieren una gran relevancia, porque la decisión que tomen de cara a la elección podrá representar la diferencia decisiva a la hora de contar los votos.

Como en el Estado de México, un buen candidato perredista puede aspirar a ganar 15 puntos porcentuales, que serían definitivos porque deberán restarse en la lucha entre morenistas, priístas y panistas, que hasta hoy aspirarían optimistamente a alcanzar el 30 por ciento de la votación cada uno.

No hay que olvidar a las pequeñas pero decisivas “bisagras” como el Partido Verde, que parece coquetear con el Frente Amplio y amagar con ello su divorcio del PRI, Nueva Alianza, Movimiento Ciudadano y hasta el Partido del Trabajo, milagrosamente resucitado y que ya se manifestó a favor del Movimiento de Regeneración Nacional.

Un año, para que el 1 de julio de 2018 se elija Presidente de la República, que por primera vez tendrá un mandato de 5 años y 10 meses porque su periodo culminará el 20 de septiembre de 2024 para reducir el compás de espera entre los comicios y la transición de poder.

Un año para renovar completamente el Senado de la República, o sea 128 escaños, y la Cámara de Diputados, con 500 curules de las que 300 son elegidas por mayoría simple y 200 por cl principio de representación proporcional.

Un año para elegir 9 gobernadores: Chiapas, Ciudad de México, Guanajuato, Jalisco, Morelos, Puebla, Tabasco, Veracruz y Yucatán.

Un año para celebrar elecciones locales en 30 de las 32 entidades que conforman la federación mexicana.

En total: casi 3500 puestos de elección popular en juego.

Y, de facto, el último año de gobierno de Enrique Peña Nieto.

Un año, a partir del sábado pasado.