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Buena cosecha educativa | Huberto Meléndez Martínez

Buena cosecha educativa – Estaba a punto de vivir una experiencia inédita al enterarse sobre la posibilidad de ver, saludar y quizá hasta platicar con uno de sus maestros preferidos de cuando estudió en la escuela secundaria.

La vida le había presentado una circunstancia fortuita al tener contacto con un amigo en común. En una de tantas conversaciones que por azar sitúa a las personas, aparecieron temas análogos en contextos y medios un tanto familiarizados para ambos, hasta dar con un punto coincidente en el conocimiento de una persona a quien trataron en diversos momentos históricos.

Los dos tenían un muy buen concepto sobre la tercera persona, concordaban en que era alguien entusiasta, profesional, con don de gente, espíritu solidario y generoso. Siempre pendiente de sus alumnos y de sus colaboradores. El alumno ahora ya mayor, puesto que habían transcurrido más de tres décadas de cuando recibió sus clases, dijo que desde entonces no sabía de él, porque después de la graduación se había regresado a su comunidad de origen, para luego ir a estudiar el bachillerato.

Al término de la preparatoria decidió cursar la Licenciatura en Educación Primaria, aprobó el examen, ingresó a la escuela, su vida tomó un nuevo y prometedor rumbo. Recuerda las atenciones y el estilo de trabajo de su profesor, fue un buen ejemplo y años más tarde, ejerciendo su profesión, recordaba su forma de enseñar y ejercitaba las cualidades observadas en antaño.

El encuentro, en un principio fue desconcertante para los dos. Mientras el joven sabía a quién estaba viendo y su rostro mostraba una alegría contenida, pugnando por salirse hasta por los ojos, el veterano tenía dificultad para reconocerle, hurgaba con rapidez en sus recuerdos al escuchar que era alguien a quien había conocido décadas atrás en alguna comunidad, en cierta escuela, contexto o generación.

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Cuando hubo lucidez en los recuerdos y al fin pudo recordar con claridad a ese muchacho, se puso de pie para darle un abrazo, uno de esos que sólo puede darse a alguien por quien se siente gran afecto, que desahoga las emociones, manifestando juntos alegría, reconocimiento y felicidad.

Pasaron lista de estudiantes de aquellos años, abundando sobre los que habían visto o tenido noticias posteriores a la separación, y aunque el encuentro duró apenas unos minutos, recordaron a otros maestros y comentaron sobre su destino, revivieron gratas y reconfortantes experiencias comunes, volvieron a reír de las anécdotas de ese tiempo.

Se despidieron con otro abrazo efusivo, franco y pleno de reconocimiento, después de intercambiar datos personales para mantener comunicación posterior.

Es gratificante para todo docente saber de los éxitos de sus educandos, pero este maestro, aunque tenía noticia de otros muchos de sus exalumnos, le conmovió de manera especial saber que esta persona, en particular, había escogido el camino del magisterio, les hermanaba la carrera, se sintió pleno y realizado al saber que su trabajo había generado a otro sembrador.