¿Cuál debate?

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¿Se puede llamar debate a una serie de soliloquios con un moderador que no modera sino mide tiempos y reparte cronométricamente el micrófono?

¿Puede alguien proclamarse ganador de un debate al mismo tiempo que reconoce que no respondió a los señalamientos de sus adversarios porque “sólo estoy aquí para presentar propuestas”?

¿Debatir es mostrar fotografías, cartulinas, gráficas a una cámara fija, sin que el público tenga una perspectiva amplia por lo menos del semblante del personaje a quien se refieren?

¿Sirve de algo un desfile de posicionamientos unilaterales durante hora y media que se convierten en un “diálogo” de sordos, con todo y el correspondiente intérprete en el recuadro inferior?

Si el debate público y televisado es una de las herramientas fundamentales de la comunicación política durante una campaña electoral, ¿un ejercicio como el del pasado martes 25 en el Estado de México sirvió para que los electores tuvieran elementos para decidir su voto del próximo 4 de junio?

Creo que es obvio que la respuesta a todos los cuestionamientos anteriores es NO.

Los debates forman parte toral del desarrollo de la comunicación político-electoral que tuvo su origen en los Estados Unidos en el siglo XX: los primeros spots políticos que hicieron ganar a Dwight Eisenhower; los largos testimoniales filmados en cine y posteriormente el encuentro televisado de candidatos cara a cara, que tuvieron en John F. Kennedy y Ronald Reagan a sus figuras estelares.

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Esta historia evolucionó aún más hasta las campañas negativas y los spots cortos de gran impacto, pero los debates permanecieron como tales, si bien evolucionaron en sus formatos para hacerlos más atractivos y útiles.

Lamentablemente, en México la cultura del debate tardó en llegar y posteriormente no ha evolucionado por lo que merced a las mezquindades y excesivo cuidado de los partidos políticos y de los propios candidatos, los ejercicios resultan en aburridas exposiciones “uno a uno”.

La excepción, paradójicamente, son los debates organizados por medios de comunicación y no los auspiciados por la autoridad electoral, que vigila celosamente nuestra absurda y complicada legislación en materia de procesos comiciales.

Total, que el debate de esta semana no lo fue y, como no hubo confrontación de ideas, pues no se puede hablar de un ganador.  En todo caso, perdieron los pocos espectadores que lo vieron o escucharon y el propio proceso mexiquense, que debe servir de lección para el futuro inmediato, léase las elecciones presidenciales de 2018.

El año que entra esperaría un debate de candidatos abierto, con un moderador que provoque la discusión y –por qué no- hasta algo de desorden y alzadas de voz que muestren a los ciudadanos las opciones que tendremos lápiz en mano ante la urna electoral.

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De lo ocurrido con Delfina Gómez, Josefina Vázquez Mota, Alfredo del Mazo, Teresa Castell, Oscar González y Juan Zepeda, tan solo me quedo, en todo caso, con algunos tuits memorables durante el “debate”:

Pascal Beltrán del Río: “El único suspenso….es si Delfina Gómez va a responder el tema de los cheques”

Carlos Puig: “Al peor que le está yendo es a Eruviel Ávila”

León Krauze: “Apuesto a que los partidos tratarán de prohibir el uso de gráficas y fotos en el debate del ’18….”

Aristóteles Núñez: “Si vives en el Estado de México, toma nota. No habrá mejoras en los siguientes 6 años. Nos irá igual o peor. Saldo del debate”.

Por lo visto, la única utilidad del debate en el Estado de México será el mostrar claramente la necesidad de que futuros ejercicios de este tipo se hagan con otro formato, que lo haga atractivo, interesante y –por qué no-  hasta divertido, que verdaderamente sea útil en la comunicación de los candidatos hacia los electores en la búsqueda de sus votos.