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30 de noviembre de 2022
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REDES

La historia del Partido Acción Nacional como terca y tenaz oposición al régimen de partido único que prevaleció durante gran parte del siglo XX, el del PRI, se sintetiza en una brevísima pero contundente frase de don Luis H. Alvarez, panista de cepa, presidente de ese partido, candidato presidencial y mayormente respetado por tirios y troyanos.

Dijo Don Luis cuando al fin el PAN ganó la Presidencia de la República en el año 2000: “nunca nos derrotó la derrota; que no nos derrote ahora la victoria”.

Y es que el PAN de Manuel Gómez Morín, del propio Luis H. Alvarez, de Efraín González Luna, de Manuel Clouthier y aun de Vicente Fox o de Felipe Calderón –los 2 presidentes surgidos de ese instituto político- estaban más que preparados para ser contrapeso del eterno poder priísta, pero no parecieron estarlo para saber qué hacer con el poder cuando éste llegara a sus manos.

Y llegó con un muy buen candidato Fox que materialmente le “robó” la postulación a las estructuras tradicionales del partido, en lo que pareció iniciar los problemas de unidad que hasta la fecha enfrentan, a pesar de su tradición democrática interna.

Fox ganó por sus atributos de opción disruptiva, muy atractiva pero sobre todo capaz de “sacar al PRI de Los Pinos”, después de lo cual quedó atrapado entre las propias responsabilidades de gobierno, su obsesión por la popularidad y los equilibrios necesarios –no atendidos- al interior del partido que lo llevó a la Presidencia.

Víctima de la tentación humana por la permanencia, el guanajuatense exploró la posibilidad de que su esposa fuera su sucesora, y la férrea resistencia panista lo impidió, catapultando a un panista de origen (Fox no lo era) a la candidatura para el año 2006.

En ese camino, en el proceso electoral Felipe Calderón ganó la presidencia no tanto por una fuerza propia o de su partido, sino por el voto útil que no quería que la victoria fuera para el popular pero polarizador Andrés Manuel López Obrador.

La raquítica diferencia entre primero y segundo lugar, hizo buscar a Calderón mecanismos de legitimidad y margen de maniobra política.  Uno de ellos fue el férreo control de su partido, que dejó graves secuelas cuyas heridas todavía no cierran.

El propio Castillo Peraza, mentor del michoacano, había lanzado un diagnóstico lapidario: “no es tiempo de inventar futuros con el pretexto de salvar el presente, sino es tiempo de preservar el futuro por la acción responsable en el presente”.

Incluso, en una agria crítica a Calderón, le advirtió que si no confiaba en nadie (se refería a cuadros tradicionales del panismo nacional y no solo a su círculo cerrado de colaboradores), acabaría por desconfiar de su propia sombra y por lo tanto de sí mismo.

La división del PAN ya en el poder hizo que no le alcanzara a mantenerse en la Presidencia, en el escenario de un priísta muy popular y promocionado (Peña Nieto), y una candidata panista (Josefina Vázquez Mota) que fue materialmente abandonada en el camino, incluso por su propio equipo de campaña, lo que fue aprovechado por López Obrador para acercarse sin que le fuera suficiente.

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Los primeros dos años del gobierno peñista hicieron al PAN –no en forma homogénea, por cierto- participante del Pacto por México que derivó en la aprobación de reformas estructurales.  Cuando el “mexican moment” se transformó en dramático y pronunciado declive de Peña Nieto, los panistas parecieron romper filas de cara al muy anticipado proceso de sucesión presidencial de 2018.

Así, el tablero actual es de la ex primera dama Margarita Zavala de Calderón, cuya discreción durante los 6 años que vivió en Los Pinos le rinde frutos políticos; del gobernador de Puebla, el expriísta Rafael Moreno Valle, y de un joven queretano que pasó fugazmente de secretario particular de un gobernador a coordinador de diputados de ese partido y a Presidente del Comité Ejecutivo Nacional del blanquiazul.

Y en el dilema del “piso parejo” –que obviamente no existe si uno de los contendientes tiene el control político, presupuestal, cameral y promocional del PAN- Acción Nacional sigue inmerso en conflictos internos que Ricardo Anaya busca negar tras un exitoso resultado electoral de este año en el que ganó 7 de 12 gubernaturas (3 de las cuales se obtuvieron en alianza con el PRD), adjudicándose a sí mismo los méritos de ello.

Zavala y Moreno Valle exigen que Anaya renuncie a la posibilidad de ser candidato para continuar como Presidente del PAN, y éste último se dice dedicado a preparar las elecciones de 2017, sobre todo la del Estado de México.

Total, que parecen entrampados en un callejón sin salida, cuya consecuencia puede ser minar las no pocas posibilidades de Acción Nacional de regresar al poder en 2018, una de cuyas condiciones fácilmente previsibles es que no lleguen a ese proceso divididos, como todo parece indicar que sucederá.

Mientras tanto, inicia la guerra sucia intestina, incluidas filtraciones que sugieren doble discurso en cuanto a honorabilidad, honestidad, austeridad y estilo de vida del jefe del PAN, que serán juego de niños más adelante si no encuentran una salida políticamente civilizada o si esto lo aprovechan sus adversarios de los otros partidos, llegado el momento.

No está fácil. Son épocas de definiciones si no quieren que pase lo que le pasó al PRI cuando su entonces presidente Roberto Madrazo Pintado se empeñó en apropiarse de la candidatura para el 2006 desde la presidencia partidista, y el resultado fue un catastrófico tercer lugar.

¿Encontrarán los azules la salida del laberinto en que se encuentran?